Cuentos en el taller



19 de noviembre de 2011

CARTA A UNA LUISA DE 52 AÑOS

Hola, mi chica:
Trasteando en los cajones ha caído en mis manos un escrito tuyo de 1997. Cumplías 52 años y confesabas estar "acojonada". Esto me asombra un poco: por qué a los 52 y no a los 50, por ejemplo ;-). También confesabas haber fracasado en la educación de tus hijos. Y declarabas, con un énfasis digno del mejor manual de autoayuda, tu empeño por "crecer hacia atrás, hasta reencontrar a la niña que fuiste".
Al leer a la que eras entonces, me doy cuenta de lo esforzada que has sido. Esforzada en ser sincera, esforzada en ser mejor, en reconocer tus errores a toda cosa. Y percibo el sufrimiento de la maldita culpa, esa que a algunos nos clavaron a sangre y fuego.
Por eso he decidido escribirte.
Querida, desde los 66 años quiero decirte que todo merece la pena. Que no hay que esforzarse tanto, sino concederse sosiego y confianza. Cumplir años va colocando todo en su sitio. Aparece la serenidad y sobre todo se aprende a relativizar. Descubres que la edad es una cuestión de cabeza y corazón, no de tiempo perdido, arrugas y flojeras. Que te puedes sentir insultantemente joven con más de sesenta. Y tambien, a veces, milenaria.
Vale, tus hijos no son doctores ni premios nobel, pero son grandes Personas (con mayúscula, sí). Y la niña que fuiste siempre ha estado ahí, vive contigo, ríe contigo, te espera pacientemente sentada en las escaleras cuando te pones grandilocuente o sesuda.
Ánimo, Luisa de 52 años. Y gracias. Porque sin esa tú, hoy no sería yo.

LuisaH

(Taller PEE)





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2 de abril de 2012

UNA CARTA QUE NO LLEGARÁ

Querida hermana:
Imagino que te divertirá horrores ver lo mucho que te recuerdo. Lo presente que te tengo. Menudas conversaciones llevaréis mamá y tú a mi costa, prefiero no enterarme
Desde que, a mis cuatro años, decreté tu nombre ante toda la familia -será niña y se llamará Elena- eres una de las personas imprescindibles en mi vida. Creo que lo sabes. Y eso que hemos estado casi siempre en desacuerdo, casi siempre peleando.
De niñas, tu eras alegre, responsable, ordenada y podías jugar con todos los juguetes. Yo era huraña, lectora cuando no había que serlo, desordenadísima, y casi nunca merecía que mis juguetes bajaran del altillo del armario. Pero te daba mucha pena cuando me castigaban y entonces estabas pendiente de mí, de hacer o decir algo que me gustase. Yo me daba cuenta, sabes, aunque no te dijese nada.
En la adolescencia, yo solo tenía pájaros en la cabeza y -en parte como consecuencia de ello- tu habías adoptado el papel de señora de la casa y madre, en ausencia de mamá. Y qué bien se te daba, vive Dios. Cuantas veces te obligué a que intercedieras ante papá y me dejase organizar guateques y todo tipo de historias. O para encubrirme cuando me escapaba de casa algun noche. Aunque me riñeses tanto luego, en nuestra habitación, no me fallaste nunca.
También te debo el haber conocido al padre de mis hijos. Era de tu pandilla, ambas salíamos con chicos mayores que nosotras. En aquellos tiempos nos acercamos mucho una a otra. Nadie más que tú podría haber sido madrina de mi hija. Y qué importante eres también en la vida de ella.
Tu inmensa generosidad, tu afán por tratar de solucionar mis problemas, nos ha separado en multitud de ocasiones. Entendías mal mi agobio ante tu machacona insistencia, y nos enfadábamos en serio. Para tí era normal pedirme cuentas de cómo gastaba el dinero que te empeñabas en darme, casi siempre sin yo pedirlo; y yo, sumida en un en un negro caos en aquel entonces, no lo toleraba, prefería que no me ayudaras.
Lo terrible es que la vida empezó a portarse muy mal contigo. No se si mala suerte o asquerosa injusticia. Cuando en Madrid quisiste morir y te fuimos a buscar y te trajimos de vuelta a casa, comenzó nuestra relación adulta. Ya habíamos aceptado las dos que era mejor no vernos demasiado a menudo. No dar ocasión a que chocaran nuestros fuertes caracteres. Pero nos reservábamos un largo rato cada mes, o cada dos, en algún sitio de copas favorito, a veces en casa, y charlábamos hasta el amanecer. De lo divino y lo humano. De nosotras, de la familia, de la vida. Redescubrimos nuestra unión interior, nuestra postura común ante lo importante, Tú, whisky con hielo, yo cubalibre de ron con angostura. Cuánto echo de menos aquellas jornadas laborales, como yo las llamaba, pues casi siempre eran siete, ocho horas juntas y felices.
Tú siempre habías dicho que no pasarías de los sesenta años, y yo no quería oirte, me enfadaba. Y a los cincuenta y tantos te llegó el maldito cáncer.
Ahora todos los días te cuento algo, te comento algo, te pregunto algo. Incluso, a veces, te veo por la calle un instante, como a papá. Me gusta tener tus cosas en casa. Mi hija, mi nieto y yo hablamos mucho de tí. Una de mis mayores alegrías ha sido poder vivir contigo, abrazarte, cuidarte, cuando ya no te podías levantar de la cama. Pero yo tenía muy claro que tú querías morir en casa. Y al fin te fuiste con papá y mamá, con tu maravilloso hijo (mira que guapo y que grande está ya, te decía yo al oído), con el amor de tu vida, J.
Pero quiero que seas que no he ido a ver la maravillosa lápida que encargaste para toda la familia. Solo obligada, en algún entierro de los que no quiero faltar.
Tú siempre has hecho ese tipo de cosas, los demás hemos descansado un poco en tí. Ante cualquier problema, de alguna manera confiábamos , yo por lo menos, en que Elena lo resolvería. Creo que la lápida es preciosa, pero tú no estás ahí, vosotros no estáis ahí.
Por eso espero que no te enfades si te digo que yo tampoco estaré bajo la lápida, no creo en los cementerios. Yo quiero estar donde estéis vosotros, todos juntos.
Da un beso a papá y mamá de mi parte, también a A. y J. A lo mejor otro día, si me sale, os escribo otra vez.
Pero esta carta te la debía, hermana

(Taller PEE, tema 17: una carta que no llegará).

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