jueves, 16 de octubre de 2014

LA PLAZA


Soy la plaza más bonita del centro de la ciudad. Tengo más de veinte especies de árboles y arbustos, muchas flores, setos y jardines. Todo ello, además de mi colección de bancos y el monumento a la mujer guerrera, -con la que últimamente hablo mucho-, supone un peso considerable. Pero me construyeron bien y soy muy fuerte.
Aunque las plazas a veces aparezcamos estáticas y silenciosas, no podéis imaginar el esfuerzo que me cuesta mantener orden y silencio entre todos mis moradores. Tengo árboles que no se llevan bien entre ellos y están en un rumor permanente, otros que tienen el genio muy fuerte, sobre todo cuando sopla el viento. Pero, aunque parezca mentira, los peores son mis bancos; les cuesta mucho aceptar a uno nuevo, cuando la brigada de parques y jardines viene a cambiar los viejos o rotos. Son capaces de hacerle el vacío al pobre nuevo, que al principio lo pasa fatal. No he logrado averiguar cómo lo hacen los bancos “de toda la vida”, pero incluso parecen influir en las personas para que no se sienten en los nuevos, por relucientes que se vean.
Las personas son lo más importante, nuestra razón de ser. Les ofrecemos un entorno bonito, un momento de calma, nos encanta que se queden un rato más. Disfrutamos de los niños y sus juegos, de la gente que se sienta un rato a pensar, o leer, o charlar. Nos enteramos de un montón de cosas alucinantes del género humano, pero jamás las contaremos.
Las personas que más nos gustan son las que se interesan por nosotros, las que saben el nombre de algún árbol, incluso en latín; las que comentan lo bonitas que están últimamente las flores, o como se nota el cuidado de los jardines. No nos gustan las madres, bueno, no todas: sólo las típicas “de plaza” que forman grupos bulliciosos sin hacerles caso a los niños, y luego gritan, y hasta pegan, cuando sucede algo que veíamos venir y que nosotros no podemos evitar. Además, muchas de ellas fuman y me dejan llena de colillas.
También hay personas que sólo pasan, que me cruzan rápidamente, como acortando su camino, pensando en otra cosa. Ultimamente los percibo más preocupados, o directamente desesperados.
Tenemos nuestros preferidos, entre los que vienen casi a diario. Mi preferida es nuestra sin techo. No sabemos cómo se llama, porque durante el tiempo que lleva viniendo nadie ha hablado con ella, y mucho menos ha pronunciado su nombre. Las costumbres matutinas de nuestra sin techo son bastante rutinarias. El ailanto grande de mi esquina derecha me ha contado que antes de llegar aquí, para en el bar pequeño de la calle que desemboca ante él. Me cuenta también que parece ser que con el dueño del bar tuvo en tiempos cierta amistad. Lo que ya no cuenta es cómo o por qué lo sabe.
Me explica que al momento sale un camarero con un café en vaso de plástico y un papel con churros o una ensaimada, lo que haya. Ella, al recibir lo que imaginamos será su desayuno, inclina dos o tres veces la cabeza y da un ansioso trago al café. Al terminar, mira hacia el interior del local. Al ailanto y a mí, que somos unos románticos, nos gusta imaginar que el dueño, desde su puesto junto a la registradora, gira la cabeza hacia la calle, y sus miradas se cruzan un instante.
Los días soleados, la vagabunda pasa el resto de la mañana conmigo. Para ella, soy la plaza de los niños. Busca sitio en un banco, un murete de jardín, el hueco de un árbol y, una vez acomodada, inicia el rito de los pájaros. Saca mendrugos de pan de una bolsa, los desmiga sobre un gran pañuelo extendido en su regazo, y luego va esparciendo las migas sobre mí. Permanezco muy quieta pues el rito de los pájaros me encanta.
En pocos minutos la rodean todas las aves del vecindario. Hay personas a las que esto no les gusta nada, y les oigo murmurar: así no nos libraremos nunca de las palomas y de su suciedad. Pero nadie se atreve a decírselo a ella.
A mediodía vienen los niños, al salir del colegio. Casi todos se acercan a la pobre, que saben buena amiga. Ella recuerda sus nombres y siempre está al corriente de quién ha tenido anginas y quién va bien en el cole. A los pequeños esto les parece milagroso, pues la pobre con sus madres no habla. A las madres no les hace mucha gracia. Están empeñadas en que, junto a ella, los niños cogerán algo malo, seguro.
Pero yo se que los niños reciben de ella cariño, tranquilidad y sorpresas gratas. Un día surge del carro un gatito recién nacido, otro día una vieja muñeca descolorida. O un sobre de cromos de Roberto Alcazar y Pedrín, de cuando los abuelos eran pequeños, explicación que genera risas incrédulas (pequeños, los abuelos, fíjate). Incluso algún caramelo aparece tras una oreja, y hay que comerlo rápido, porque si no mamá lo tirará a la basura. Las madres los llaman desde su banco, -tengo que advertirle de que no se enfade con lo que oye-, desde su grupo de madres, y nuestra sin techo dice: Corre, ve. Se bueno y estudia mucho. Siempre les dice lo mismo, aunque sea verano, aunque por la tarde vuelvan a verse aquí. Porque ella vuelve alguna tarde. Alguna de esas tardes en que yo se que está triste, desanimada, y lo único que le consuela un poco son los ojos y las risas de los niños.
Por las noches, cuando se han ido todos los perros del vecindario cuyos dueños quedan aquí para el último paseo del día, y se puede afirmar que estamos en silencio y calma, la mujer guerrera y yo charlamos un ratito. Al principio era bastante antipática conmigo, porque soy pacifista (¿dónde se ha visto una plaza belicosa?) y le tomaba el pelo con ese dichoso cañón que lleva pegado. Pero en el fondo es maja, y ahora ya le gusta charlar conmigo. De cómo ha ido el día, de la gente que ha venido, de alguna pelea que a veces se produce entre los que vienen a dormir... Bueno, eso era antes, ahora vigila mucho la policía y ya no vienen. La mujer guerrera me cuenta que con los años ha aprendido a recostarse en el cañón para echar unas cabezadas, y que no es tan duro como parece.
Y poco a poco vamos callando, incluso los bancos dejan de chincharse y los árboles se calman, mientras se desliza entre nosotros el manto oscuro de la noche.