martes, 7 de octubre de 2014

¿TÚ O YO?


María

Me desplomo en un banco del parque y rompo a llorar. Me han despedido... ¿Qué hago ahora? No puedo explicarles el motivo a mis padres, me matarán. Si lograra entender por qué dice el director que denuncié por acoso al contable... En realidad, a mí me gustaba el contable. Si lo hubiera convencido de casarnos, que casi lo consigo, hubiera podido salir de casa de mis padres... Ahora, otra vez sola y sin trabajo. ¿Qué voy a hacer?
Ya en casa, los gritos que había imaginado y más. En cuanto puedo me encierro en mi habitación. Mi padre no me habla, ni me mira. Y mi madre no me cree, sólo repite lo de “estás loca, María, estás como una cabra, esto se va a terminar”. Yo tampoco entiendo nada, pero el caso es que ya no puedo irme de aquí, ya no tengo dinero ni novio. Buscaría otro trabajo, pero ¿cual? Vaya golpetazos que están dando en la puerta, pero no pienso abrir. Al fin entra mi madre como un basilisco: “haz la maleta, te vas de casa”.
Dejo mis cosas en la nueva habitación. Luego me pongo los espantosos tacones con los que algún día me mataré, y el top de lentejuelas que casi no me cabe. Es obligatorio. Mira que haber encontrado sólo este trabajo, si se le puede llamar así... Pero me echaron a toda prisa y sin dinero, y lo único bueno de este antro es que aquí no me hace falta. Empiezo a imaginar cosas raras, no sé qué hacer y decido bajar al bar, que ya estoy “vestida”. No creo que aguante mucho aquí, si al menos encontrase algo de cariño... Un hombre grueso me toca el hombro y paro de pensar: ahora hay que subir a la habitación.
No entiendo qué le ha podido pasar, lo enfermo que se ha puesto. Y he tenido que limpiar sus vómitos yo sola. Menos mal que han pensado que había bebido mucho y lo han sacado por la puerta de atrás. Madame me ha dicho: A ver si espabilas, María... pero creo que no voy a poder con esto. Si llamase a mi madre y le pidiese perdón...


Isabel

La acaban de despedir, pero sale del trabajo exultante, porque está convencida de que tiene motivos para demandarlos y buscarles la ruina. ¿Que no era acoso lo del contable? Ja ja. Claro que él lo negó, si todos los hombres son iguales. Y los que les miraban murmurando, cuando el contable la seguía a la máquina de café; unos cerdos que han dicho que miente. Los demandará a todos. Sólo necesita un buen abogado. Afirma con la cabeza y camina con aire decidido hacia el centro.
Horas más tarde, Isabel se ajusta las ligas negras en su nueva y minúscula habitación. Se ha largado de la pensión de la bruja y el tonto. La situación era ya era insoportable, a ella no le grita nadie. Se mira en el espejo del armario y se ve mucho más guapa, con esos taconazos. Y sola. Podrá vengarse de los hombres con tranquilidad. Y cuando encuentre un abogado para joder al banco... Recuerda el paquete de polvo blanco que lleva en el bolso, lo saca y lo esconde bajo el colchón. Luego se endereza el top de lentejuelas, que le va algo pequeño, se mira al espejo y baja al bar.
Al momento un hombre gordo le toca el hombro desnudo. Sonriendo, a pesar del asco que le produce el gordo, lo sube a su habitación. “Ahora tomarás algo para relajarte y que no me aplastes”, le dice con el pensamiento. Mientras el hombre se desnuda, ella de espaldas vuelca unos polvos en el whisky que él ha dejado en la mesilla. Isabel decide que le pedirá el doble de lo que dice madame, él tiene esa cara de tonto y ella necesito dinero para el abogado. Y se vuelve con una sonrisa perfecta hacia ese desconocido rostro sudoroso.
Días más tarde, Isabel, furiosa en su habitación, abre el armario y, con rabia, comienza a tirar sus cosas al suelo. El abogado ha resultado una mierda. Inexplicablemente han perdido, con lo de moda que está el acoso. Se acordará de ella. Y los hombres que van por allí, los guarros esos, también. Tendrá que reponer el saquito.

Cuando la policía se lleva de casa de madame, esposada, a una Maria Isabel de aspecto extraviado, ojos y boca desmesuradamente abiertos, su madre llora en casa, rodeada de vecinas: “Ha sido un calvario esta hija, un calvario. Desde que le dió por acusar de cosas feas a mi hermano Paco, que por supuesto no la creímos, ya no levantó cabeza. Y esos horribles cambios de humor... A pesar de todo encontró trabajo, con su pinta de mosquita muerta. Pero ¡volvió a acusar a un compañero! y claro, la despidieron. Ya no aguantamos más y la echamos de casa. ¿Quién podía adivinar lo de después? Ya no tenemos ninguna hija”.