martes, 30 de septiembre de 2014

MI AMIGA LUCI



“Tú no eres guapa, hija mía” explicaba su madre a mi amiga Luci cada vez que alguien por la calle, o alguna visita en su casa, alzándole la barbilla, exclamaba: “qué guapa”. En cuanto se quedaban solas, su madre la hacía sentarse frente a ella, y muy seria, le aclaraba: “No hagas caso. Lo dicen por quedar bien conmigo, pero no es cierto”. A veces, imagino que por la expresión de Luci, solía añadir: “pero eres inteligente”. Aunque siempre remataba su monólogo con “hazme caso, las madres no engañamos nunca”. Así los once primeros años de la vida de mi amiga, hasta que su madre murió.

Luci llegó a convencerse de que debía ser verdad. Sus hermanos eran preciosos, sobre todo los rubios con ojos claros (rama de la abuela paterna), y sus primos (rama del abuelo paterno), no digamos: morenazos de ojos negros y pestañas largas. Luci tenía el pelo castaño-normal, las cejas enormes y casi juntas, un tono de piel más bien verde, y mucho vello por todas partes, para ser una chica. Su madre le enseñó a depilarse las cejas, y ella quiso hacerse la ilusión de que su cara había mejorado algo. Por seguir al pie de la letra las indicaciones maternas, años más tarde casi se quedó sin cejas. Menos mal que la pude parar a tiempo. Cuando su madre murió, Luci ya sabía donde hacían depilación a la cera. Su madre la había llevado dos veces. Fué uno de los rituales de Luci durante más de media vida, porque a los cuarenta y cinco años le desapareció casi todo el vello.

Me cuenta que su padre la enseñaba a leer, trataba de inculcarle su pasión por la lectura, le regalaba libros que ella llego a preferir a los juguetes. La dejaba entrar a leer en su despacho, y esos ratos de paz y silencio eran los mejores. El cuento con el que más se identificó Luci fue “El patito feo”, que era ella, por supuesto. También “Cenicienta”, pero le parecía menos creible porque se casaba con un príncipe, y Luci a esas alturas ya tenía claro que esos finales de cuento no suceden en la vida.

Dice que, en aquellos tiempos, se identificaba con los perdedores, los no-guapos, los sosos, los tímidos. Y cuando, a los quince o dieciséis años, los chicos empezaron a reparar en ella, le causó una conmoción terrible. No estaba acostumbrada a frases agradables, a que alguien masculino le hablase si no era sobre libros o asignaturas. Eso sí, consiguió hacerse íntima de las guapas del colegio, y siempre iba rodeada de bellezones; no se sabe si por masoquismo o por qué maldita razón. Yo tampoco lo comprendo muy bien. Más tarde, cambió la pandilla por una de chicos, en la que ella era “uno” más, y dice que le encantaba. En ese momento, las amigas guapas ya tenían novio. Uno, por lo menos. Eso la hizo adoptar una de las creencias erróneas que más le han durado: que se llevaba mejor con los hombres que con las mujeres. Yo la he ayudado a comprender que estaba equivocada.

Luego le pasaron muchas cosas. Esa vida nueva en la que ella era una más, aunque su complejo de inferioridad siguiera latente, la hizo cometer muchos errores. Aún continúa tratando de entenderlos, de comprender por qué “aquella yo”, como dice, se implicó en tales situaciones.

Pero ahora tiene hijos. Tiene hijos por fín, aunque en uno de sus momentos terribles no quisiera tenerlos. Y los llama guapos todos los días, y les explica lo orgullosa que está de ellos, la confianza que tiene en ellos. Y les cuenta todas sus cosas, internas y externas, aunque a veces le parezca que habla con la pared.

La madre de mi amiga se fue sin darle tiempo a reconciliarse con ella. Tenía mucha prisa en “irse al cielo”, como dijo ese día y su padre le contó luego. Luci quiere creer que seguramente se habrían reconciliado; a pesar de todo, la ha echado mucho de menos casi todos los días de su vida.

Y ademas, ahora que estamos las dos comenzando a transitar la vejez, ya no le parece que sea tan fea. Incluso a veces, se ve guapa de alguna manera. Yo también creo que lo es.