domingo, 10 de agosto de 2014

MI BLOG REENCONTRADO

Definitivamente, tengo problemas de identidad con Google (o incluso conmigo misma, vaya Ud. a saber).
El caso es que he reencontrado mi blog, Ludovica sigue, y me alegro montón porque tiene 40 entradas y varios visitantes más que el otro (Ludovica), con lo que es más fácil volcar las entradas del otro aquí. Y a ver si no me vuelve a dar la "turruntela", que decían cuando yo era pequeña.
Voy a traer aquí sólo las dos entradas sobre mi vieja conocida, las otras no eran importantes para mí. Las reproduzco aquí abajo, con su fecha de publicación y todo. Con la alegría que da recuperar hijos perdidos, seguro que vuelvo a escribir enseguida.
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sábado, 26 de julio de 2014

SE FUE


Ya se ha ido. De nuevo las mañanas son dinámicas, y las tardes, plácidas.
Hace unos días, ante el espejo, no me reconocí en esa señora triste y opaca que me miraba, e inmediatamente me rapé el pelo, como a mí me gusta.
Luego abordé mi tarea favorita, adecuar mi entorno próximo a mí. Con la inestimable ayuda de C y J, comenzamos a cambiar muebles de sitio, a pintar de blanco los oscuros, a recolocar los cuadros... Qué estimulante es poner tu casa patas arriba, cuando te sale del corazón. Y qué bonita me va a quedar.
Mi viejo pc ya no funcionaba muy bien, y ahora tengo un iPad: creo que ha sido un cambio positivo, pero aún estoy peleando con este teclado, para mí, diminuto. Espero hacerme con él pronto (pues claro, mujer, ¿no te llaman abuelita tecnológica?).
Es urgente lo del teclado, pues estoy reescribiendo mi novela, con fecha tope. La voy a enviar a un concurso cuyo plazo finaliza en septiembre, y aún me faltan cincuenta páginas. He decidido intentarlo y además, me parece la mejor manera de pasar este verano.
Y es vital que de nuevo quiera escribir.
Se que me va a costar, pues cuando se va la vieja, es como volver a nacer. Me va a costar reinventarme a unos días de cumplir 69 años, me va a costar reubicar a mis personas queridas, a mis amigos, en su lugar. Me va a costar reconocer quién soy, donde estoy, lo que doy y lo que me dan; ganar la batalla contra el miedo. Pero la vieja se ha ido, y sola podré.
Hola, ya estoy aquí de nuevo

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domingo, 22 de junio de 2014


LA VIEJA CONOCIDA


Aquí está de nuevo la vieja conocida. Ha vuelto de improviso, sin avisar. Creías haber aprendido ya todas las triquiñuelas para que se olvidase de ti; o para que su visita fuese corta y con efectos colaterales mínimos. Pero aquí estás ahora, habitada por su insidiosa presencia. La presencia de la única visita no deseada.
Porque ella suele anunciarse, aunque no siempre con claridad. Por ejemplo, si algo indefinible flota en torno a ti, te resulta conocido pero huele a moho y luce un gesto aburrido de superioridad y venganza... Lo difícil es lograr identificar esta sensación con el hecho de que ella se aproxima de nuevo.
Según dicen, según tú misma lees, las visitas de la vieja no tienen nada que ver con niveles de inteligencia, ni preparación, ni condiciones de vida; simplemente las provoca un desequilibrio químico del cerebro. Y de pronto todo cambia. Ella, en cuanto se aposenta, pasa a ser dueña y señora de ti. Los demás no suelen entender lo que te ocurre, incluso se enfadan. Al final, pides ayuda o la piden por ti, y aparecen los medicamentos, que te tomas con toda la fe posible. Eso sí, procurando no leer los prospectos. Si todo va bien, un buen día la química comienza a funcionar y percibes con claridad que ya lo sabes todo, que ya está solucionado, que la vieja ya se ha ido. El agujero negro es menos hondo. Has guardado aquél recuerdo en su lugar. Has adquirido las herramientas para conseguir que ciertas personas ya no te dañen. En un momento dado, piensas: "ya no me va a ocurrir más, ya la conozco y no entrará”.
Pero la vida es un continuo aprendizaje, un continuo "ensayo/error", y tu vanidad no te permite comprender que ya siempre hay que permanecer en guardia, esté ella o no esté. La vieja conocida es tan lista o más que tú, y cuando casi ni la recuerdas, puede aparecer rodeada de razones nuevas para despistarte, y adueñarse otra vez de tu plexo solar, asfixiándolo de oscuridad, de frío, de humedad. De lo desconocido
Y comienzas a llorar por cualquier causa. O sin causa.
Y te desubicas de nuevo.
Y pierdes la noción del tiempo.
Y sientes que todos te atacan, incluso los más queridos.
Y vas disminuyendo, tan pequeñita, en un rincón.
Desapareciendo.
En algún lugar de tus tripas, sabes que vas a volver; pero una vez más, ignoras cómo.

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