miércoles, 2 de abril de 2014

VIAJE INACABADO



Maldita sea, por qué tuve que aceptar ir sola al funeral. Y además con el coche de mi hermano. Si no lo he conducido nunca, si no lo entiendo; en realidad, no sé nada de coches. Teddy me había dicho: te programaré el gps, hazle caso; Lérida-Zaragoza está chupado. Pero hace un rato el dichoso aparato ordenaba “segunda salida a la derecha”. Y ahora no tengo ni idea de donde estoy. Por si fuera poco, el coche ha pegado un brinco, ha gruñido plof, plof y se ha clavado en el suelo como una roca. No hay modo de ponerlo en marcha. Y este paisaje parece el desierto de los Monegros.
Todo ha sido un gran error. Y es que no puedo comprometerme a nada, ni dejarme llevar por nadie, sobre todo con la depre. Como ahora, que estoy en paro. O sea, en casa de mis padres. Y con pocos argumentos para oponerme a sus cosas. Pero había que ir a Zaragoza al funeral de la tía Benita y nadie podía. Si, vale, era mi madrina, pero hace mil años que no nos veíamos. Además no tengo coche, porque Alex, mi pareja, decretó que era sólo suyo antes de desaparecer.
Ante mis dudas, Teddy mejoró la oferta, te lo dejo con el depósito lleno, y todos respiraron aliviados. Por lo visto tenían un montón de obligaciones, y yo, tanto tiempo libre. Mi padre, encantado, echó mano al billetero, para que no tengas ningún problema.
Y aquí estoy, en medio de la nada, sudando como un grifo abierto mientras contemplo este motor absurdo que no da una miserable pista de lo que le sucede. Al menos a una novata como yo.
Cuando nos hemos parado, el reloj del salpicadero marcaba las 12. Es un mediodía de sol resplandeciente. Pero sé que el tiempo por estas tierras cambia sin avisar, en un momento. En efecto, frente a mí y tras el horizonte interminable van apareciendo un montón de nubes plomizas. Si diluvia ahora será un buen complemento para esta jodida situación.
No pasa un alma por aquí. Ni se divisa rastro alguno de pueblos o cabañas, o campesinos, o árboles, o... El móvil ¿No digo siempre que es imprescindible para estos casos? Cierro el capó, abro la puerta del copiloto y agarro mi bandolera. Menos mal, aquí está el móvil... pero se está quedando sin batería. Ojalá haya metido el cargador en la bolsa de viaje. Corro al maletero.
No me lo puedo creer. Pero sí, sí me lo puedo creer, soy un desastre y el cargador del móvil es una de las mil cosas que suelo olvidar. Claro, siempre voy con gente que sí lo lleva. O que sí se molesta en cargar sus móviles.
Tampoco sirve de nada desesperarse. Con la rayita de batería que le queda, podré hacer alguna llamada. Veamos, ¿a quién? A mis padres, no. Del taller no tengo el número, eso era asunto de Alex. No puedo arriesgarme a perder tiempo mirando por internet... ¡Teddy! Mi hermano solucionará todo, es el más listo de la familia.
No contesta. Ni una, ni dos, ni tres veces. ¿Dónde estará este gilipollas? Dioooos. Pues un mensaje; en algún momento lo oirá. Pero me pongo tan histérica explicando y queriendo ser breve y a la vez exhaustiva, que se corta sin saber lo que le he dicho. Y al volver a intentarlo, el móvil ya está muerto.
Los nubarrones se detienen sobre mi cabeza. Ya no son plomizos sino negros. Unos mosquitos enormes zumban a mi alrededor.
Trato de respirar hondo, me meto en el coche y cierro puertas y ventanillas. Mi elegante blusa violeta, súper adecuada para funerales, está mustia y empapada de sudor. Pero el aire acondicionado tampoco funciona. Rompo a llorar. Apoyo la cabeza en mis brazos sobre el volante y me entrego al llanto. Algunas lágrimas mojan mis rodillas.
Al instante enormes goterones atruenan la carrocería. Y lloro más fuerte aún. Me mareo. Creo que tengo taquicardia. No puedo respirar bien.
No sé cuanto tiempo ha pasado, pero en mi ventanilla suena un ruido diferente. Rítmico: tac-tac, tac-tac. No me asusto, ya no puede suceder nada peor, y levanto la cabeza. Al borde de la carretera hay un vehículo parado. Tras mi cristal, un rostro oscuro de dientes amarillos, medio oculto por un gran paraguas negro, está pronunciando las palabras mágicas:
Pasa algo. Necesita ayuda.
Me froto la cara con las manos -por suerte no me he maquillado- y bajo un poco la ventanilla.
¡Sí! Este idiota se ha parado y no hay modo de arrancar. Usted...
Es un hombre, curtido por el sol y de edad indeterminada. Hace una mueca:
Yo no se nada de coches, me basta con la camioneta –la señala con la cabeza. Sigo su gesto a través de la lluvia. Nunca había visto algo tan viejo y destartalado. Pero por lo visto anda.
Está mirándome muy serio:
Dónde iba.
A Zaragoza. Al entierro de mi tía. Y tengo que llegar antes de las cinco de la tarde.
Un breve relámpago en sus ojos:
Hasta Zaragoza no, le acercaré a –le interrumpo exaltada:
Sí, por favor, a un sitio con teléfono para llamar a una grúa, o eso.
Esboza una sonrisa torcida:
¿Y el móvil? Si lo llevan hasta los críos.
Las lágrimas vuelven a cegar mis ojos:
Está sin batería y no lo puedo cargar...
Trata de abrir mi puerta:
Usted se viene conmigo.
Lo dice con tal autoridad que quito el seguro y me deslizo fuera del coche. Me cobija protector bajo el paraguas, pero agarra mi brazo y me encamina hacia la camioneta.
Atención. Me estoy precipitando, estoy actuando sin pensar. Clavo los talones en el asfalto mojado:
Espere. Tengo que cerrar bien el coche, coger mi bolso, el equipaje...
Me mira de soslayo:
Equipaje no, este cacharro no aguanta ya peso.
No se preocupe, no llevo casi nada. ­–Que me saque de aquí
Minutos después la bolsa y la bandolera están en la parte de atrás de la camioneta, cubiertas por un plástico sucio, y yo sentada junto a él en la cabina. Girando la cabeza hacia atrás para observar cómo el coche de mi hermano se va difuminando tras la cortina de agua.
Mi salvador -se me ocurre llamarlo así- conduce silencioso entre traquetreos. Los grandes faros del cacharro están encendidos, pero es casi imposible divisar la carretera, ese limpiaparabrisas es antediluviano. No obstante el hombre transmite seguridad, y me imagino que para él ésta debe de ser una ruta habitual.
Lo observo con atención. Me recuerda a los miembros de alguna religión americana, trajeado de negro, con camisa blanca sin cuello. Los cuáqueros, creo. Su oscuro rostro repleto de surcos sugiere vida al aire libre.
Pruebo a entablar conversación:
¿Vamos muy lejos? ¿Queda mucho?
Ni palabra. Insisto.
Compréndame, he abandonado mi coche, no sé donde voy, y tengo que estar en Zaragoza antes de las cinco. Mi tía...
Silencio. Maldigo mi manía de no llevar reloj y mirar la hora en el móvil:
Por cierto, ¿qué hora es, por favor? –A ver si con educación...
Mira hacia arriba:
Sobre las tres o por ahí.
Mierda.
Y... ¿estamos lejos o cerca de Zaragoza? Muy lejos no, verdad, si esto son los Monegros como parece...
Suelta una risita sorprendente:
Todo es relativo. Todo es relativo.
El aguacero desaparece como si hubieran cerrado una compuerta y un rayo de sol rasga las nubes, justo en el momento en que mi salvador gira a la izquierda y se interna por un sendero. Sin embargo parece que vamos mucho más deprisa que por el asfalto.
Quiero hablar y no me sale la voz. No puedo saltar de la camioneta porque no sé donde estoy, ni donde está mi coche, ni a dónde me lleva este hombre de luto. Tampoco puedo llamar a nadie. Tengo que confiar, no me queda otra, seguro que al final está la solución. Él permanece impertérrito, sólo de vez en cuando me mira de reojo. Descubro que sus ojos también son negros. Negro profundo, como los de tía Benita.
Un frenazo súbito empotra mi cabeza en el cristal delantero, pero no me duele. El hombre salta de la camioneta con agilidad inesperada, abre mi puerta y me estira de la mano.
Hala, baja.
Me arrastra hacia un edificio de piedra grisácea que ha surgido de la nada. Me deposita ante un portón de madera reseca y del forro de su chaqueta saca una llave enorme. La gira varias veces en la cerradura y abre la chirriante puerta. Apenas se ve el interior, sólo las llamas de algunas velas dibujan sombras oscilantes.
El hombre me empuja hacia adentro y, en un tono distinto, casi dulce, musita hacia ese negro vacío:
Ya estamos aquí.
Entre la oscuridad que se mueve aparece mi tía Benita, blanca y sonriente:
Hola, descastada. Por fin nos vemos.