jueves, 13 de marzo de 2014

VENTANAS SOLEADAS




¿Por qué tuve que mirar por la ventana, justo en ese momento? Aquella tarde, en el seminario B del tercer piso, en la reunión sobre los puñeteros objetivos, el gerente comenzaba a repetirse, me aburría, y desvié la mirada hacia el exterior.
Un cuerpo se precipitaba al vacío. Lo rechacé de inmediato, culpé a las nuevas pastillas. Y ahora, alucinaciones. Iré al médico y que me las vuelva a cambiar.
El estampido sordo, tétrico, tan diferente a cualquier ruido habitual, cubrió nuestra reunión de un terrible silencio. Tras un instante vacío nos agolpamos en las ventanas, que entonces aún se podían abrir.
Gritos, exclamaciones: Pero qué ha pasado. Qué horror. Es un chico. No, una chica. Quién será. Qué espanto. Cómo ha podido caerse. Si las ventanas están muy altas. Y la azotea, cerrada. ¿Habrá muerto? Claro. No, no digáis eso. ¿Será un alumno? No, imposible.
El gerente ya no estaba y corrimos en tropel escaleras abajo. El cuerpo había estallado en la entrada del garaje. Comenzaba a arremolinarse la gente, pero aún no lo habían tapado con nada. Un charco de sangre negra, el cabello largo ocultando el rostro, una pierna en postura inverosímil, un zapato entre el césped cercano.
Reconocí los pantalones de cuero tostado que me habían gustado por la mañana. Cuando, con mi actitud fría y cansina de costumbre, estaba negándole a aquella chica todo lo que solicitaba: revisión de examen, traslado de expediente, cambio a otros estudios... Sin conciencia ninguna de ser dura con ella. Habían expirado los plazos, y punto. Era mi trabajo, aunque cada vez me gustase menos. Todos aquellos chicos vagos, maleducados, exigentes. A veces casi me alegraba de no haber tenido hijos.
Un tiempo después solicité la excedencia. Pero la imagen de esos pantalones tostados me acompaña desde entonces.





Último y definitivo suspenso. El número once, o sea, curso completo.
En casa no lo pueden saber de ninguna manera. Porque se descubrirá que estoy en primero y no en tercero. Que llevo dos años sin matricularme. Gastándome el dinero de mis padres con Dani, en todo eso que nos parecía tan importante.
No se que voy a hacer.
Además, mi Dani se ha ido con otra, que está forrada y nunca pregunta. Casi me arrepiento de haber conocido ese modo de vida, esas sensaciones. Porque sé que lo que a mí me va a tocar será muy diferente. Y no me gustará.
Mis padres están deseando que acabe esta “carrera corta que tiene tantas salidas”. Que si los curros que voy a encontrar, que lo que voy a ganar... Yo la odio. Yo quería ser escritora, o pintora. Pero de eso “no se come”. Vaya futuro me espera.
¿Me espera?
Confiaba en la secretaria de pelo blanco, no sé por qué. Será porque una vez le descubrí una mirada comprensiva, como si entendiera todo. Bueno, y esta mañana le gustaban los pantalones que me regaló Dani con mi dinero...
Pero hoy la del pelo blanco ha sido una pared dura y fría. No hay solución. Tengo que repetir curso o abandonar. Y aunque escriba al rector, dice que no me va a servir.
No he ido a comer a casa, con la eterna excusa de estudiar con los compas. La palabra mágica estudiar les deja como una seda, a mis padres. Si supieran que, en esta mierda de carrera, no he estudiado nunca. Pero tampoco soy capaz de enfrentarme a ellos, y destrozar sus tontas ilusiones.
¿A cambio de qué?
En la sala de estudio del último piso varios grupos charlan sin disimulo. El sol entra por las ventanas abiertas. Observo a la gente y la veo muy lejana, no tengo nada que ver con ellos ni con sus risas. Tampoco tengo amigos. Mi único amigo era Dani. Los de siempre del barrio también se alejaron de mí, dicen que soy una gilipollas universitaria.
¿Qué voy a hacer?
El sol me llama a través de esa ventana a mi lado. Acerco una silla y la coloco debajo. Nadie se inmuta cuando me subo a ella y me encaramo al antepecho.

Pues nada, oye. Chao.

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Imagen: Ventana2, de mis fotos