miércoles, 5 de marzo de 2014

COLOR MALDITO


Mi madre nos prohibió nombrarlo. Podíamos decir cualquier otro color, incluso ciclamen o magenta, tan raros, pero ese no. Fue el día de su discusión con tía Merche, cuando las dos gritaban como nunca las habíamos oído. Creímos entender que la tía acusaba a mamá de estar... bueno, biliosa de envidia porque le gustaba el novio nuevo de Merche, le gustaba más que papá.
Estábamos acurrucados en el pasillo, detrás de la puerta, en silencio absoluto, pero el tonto de Manolo tuvo que gritar: ¿Os imagináis a mamá de ese color? como los muertos... Se hizo un silencio en el salón y de repente mamá abrió la puerta, toda colorada, eso sí lo puedo decir, y con los ojos de furia que sabía poner.
Aquello nos costó una semana sin tele y por supuesto la promesa de no volver a nombrar el dichoso color. Para los pequeños era superdifícil, porque basta que te prohíban decir una cosa para que se te ocurra a todas horas. Pero tuvieron que acostumbrarse, porque mamá sólo tenía una religión: todo lo que no le gustaba, fuese lo que fuese, no se mencionaba nunca más y en paz. En casa, mantener una conversación normal y variada a la hora de comer era todo un reto. Mi padre tampoco colaboraba mucho, lo más que le oí decir en esos años fue ya ya, bien, mmmm y ¡basta!, desde detrás del periódico.
Mis hermanos y yo hacíamos listas con las cosas que no se podían decir y las repasábamos varias veces. Creo que eso contribuyó a que fuéramos bastante buenos estudiantes. Yo, por ejemplo, tenía la suerte de que me apasionaran las palabras, leerlas y escribirlas. Pasaba horas consultando el diccionario, buscando palabras distintas que quisieran decir lo mismo. Así supe que se llamaban sinónimos. Los coleccionaba, pues me daban la posibilidad de mencionar lo prohibido sin que mi madre se diera mucha cuenta. Aunque algunos eran muy difíciles y los pequeños no se enteraban de nada.
Además, en el caso concreto del color prohibido -fue el único, menos mal- muchos de sus sinónimos eran demasiado previsibles: áureo, gualda, dorado, rubio... y no los podíamos usar, porque mi madre también leía de vez en cuando y tenía un vocabulario bastante amplio.
Unos años después yo era de los Beatles, pero ni siquiera me pude comprar el disco de Yellow Submarine hasta que me fui de casa y atesoré mi propia discoteca. Creo que no se lo pude perdonar a mi madre. Vaya vida, años enteros diciendo delante de ella ambarino, azafranado, cobrizo, y recibiendo a veces gestos raros de pues-no-he-entendido-nada.
Mi padre desapareció cuando los pequeños ya iban al instituto. No es que muriera; según mi madre, se fue de viaje, por un cambio de destino en el trabajo, y no volvió nunca. Tuvimos que añadir la palabra destino a nuestra ya larga lista. Pasado un tiempo, los hijos recibimos por correo electrónico una foto de papá con barba gris acompañado de una sonriente señora pelirroja, que por supuesto no enseñamos a mi madre
Para entonces mamá ya no se hablaba con casi nadie; ni con su hermana, que era su única familia, desde aquel día de la envidia. Ni con los amigos antiguos y los vecinos, que la rehuían por la mirada terrible que les lanzaba cuando se les escapaba alguna palabra prohibida.
Pero ella no se inmutaba, parecía incluso feliz y conformada. Le bastaba con que en casa no habláramos de lo que no quería oír. Vivió largos años dentro de una cápsula transparente, observando lejana cómo sus hijos emprendíamos otros caminos en los que por fin podían utilizarse todas las palabras.
El día que murió, de camino a su casa, compré dos elegantes vestidos ictéricos para su funeral. Para ella y para mí.
Amarillo, por fin.