viernes, 7 de febrero de 2014

DISIPADA

La palabreja me persiguió durante toda mi estancia en el colegio.
¡L, no se disipe!, ¡otra vez disipada!, !Pero qué afán de disiparse tiene usted! Los castigos volaban sobre mi cabeza, y yo no conseguía enterarme de lo que había hecho para merecerlos.
Al principio no entendía esa palabra, porque las monjas no explicaban lo que según ellas estaba claro para todo el mundo. Y yo, por supuesto, no lo quería preguntar. Pero al cabo de un tiempo lo enlacé con los “despistes” que me atribuían en casa cada cinco minutos. A veces mi padre se compadecía: “es despistada como yo, lo ha heredado de mí...”. En un sitio disipada, en el otro despistada... todo empezaba por d. Finalmente, fiel a mí misma, miré la palabreja en el diccionario:

disipar.
(Del lat. dissipāre).
1. tr. Esparcir y desvanecer las partes que forman por aglomeración un cuerpo. El sol disipa las nieblas; el viento, las nubes. U. t. c. prnl.
2. tr. Desperdiciar, malgastar la hacienda u otra cosa.
3. prnl. Evaporarse, resolverse en vapores.
4. prnl. Dicho de una cosa, como un sueño, una sospecha, etc.: Desvanecerse, quedarse en nada.

Y el adjetivo era peor:

disipado, da.
(Del part. de disipar).
1. adj. disipador. U. t. c. s.
2. adj. Disoluto, libertino. U. t. c. s.

Aluciné de que las monjas me llamasen algo parecido a libertina; definitivamente, no podía decírselo a mi padre. Pero pensándolo mejor, la primera acepción de desvanecerme, evaporarme, esparcirme, terminó resultando muy agradable. ¿Y si era un poder, y si yo tenía algo dentro, alguna aptitud, que pudiera desarrollar? Por algo lo dirían las monjas...
Me acostumbré a concentrarme en una sola cosa, a intentar no pensar (ahora es una celebrada técnica de meditación). Estaba convencida de que si conseguía vaciar mi mente de toda idea, de toda imagen, sería más fácil desvanecerme en la atmósfera. Y por fin conseguir el status de mujer invisible, que de todos los personajes que había leído, era el que más me gustaba. Eso sí, invisible para quien, cuando y donde yo quisiera.
Ese esfuerzo me costó disgustos, suspensos, más castigos. Y una férrea reputación de rara, de ensimismada, de diferente al menos, que no se si aún persiste, posiblemente sí. Algo de rara sí debía ser, pues lo que más me gustaba, aparte de no contestar a las preguntas, era escribir los exámenes al revés, con escritura de espejo. Creo recordar que me hicieron algún electroencefalograma, y una serie de test de inteligencia, que detesto desde entonces. Los resultados no debieron ser muy malos, porque finalmente me dejaron en paz. A la paz contribuyó mucho que mi padre me sacara del colegio. Y que en el instituto, siendo una más entre toda aquella gente tan diversa, aprobara los cursos sin demasiado problema.
Pero aún hoy día, mi momento más completo es ese en el que consigo disolverme en el infinito, por mucha gente o ruido que haya a mi alrededor.

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