lunes, 30 de septiembre de 2013

LA BODA DE MI HERMANA

Iré con sandalias planas, y que se fastidie. A ver si se cree que porque es su boda me voy a disfrazar de lo que no soy. Bastante hago con ir, más que nada por los padres. Y eso que ellos ya aceptaron hace años mi forma de vestir, pero sobre todo de ser. Afortunadamente, para ellos y para mí, ahora que he tenido que volver porque la madre está delicada y ella no tiene tiempo para nada y, además, se casa. De blanco y todo el rollo; eso sí, en el juzgado. Yo no hubiera ido a la iglesia. 
Entre los padres y yo hay más o menos buen rollo, tranquilidad; ellos no molestan, yo no molesto. Pero mi hermana es otra cosa y siempre lo ha sido. Es la mayor y se da aires de princesa. A mi no me traga, aunque desde que somos adultas conseguimos disimularlo más o menos, más que nada por los padres, que ya están muy viejos y dan un poco de pena, por lo menos a mí.
Pero, zapatos de tacón, antes muerta. Además, como el pingo ese que me han dejado es largo hasta los pies y arrastra un poco, igual nadie se da cuenta de que voy casi descalza. Vaya manía tiene esta gente con los atuendos, qué esclavitud más tonta. Yo he ido descalza media vida, fuese verano o invierno, y nunca me ha pasado nada. Y los mismos vaqueros, si acaso alguna falda larga.
Yo quería ir a la boda con mis botas, que son bien chulas, pero se puso hecha una furia. Que zapatos de tacón y zapatos de tacón. Pues las sandalias planas o nada. Y se ha terminado el tema. Para el caso que me van a hacer, a mí, la bicho raro de la familia y eso. Aunque, bichos raros, ellos. Siempre obsesionados con el dinero, las apariencias, la influencia y no se cuantas hijoputeces más. El peor es el novio de mi hermana, pero no se de qué me extraño, son tal para cual, se van como anillo al dedo. Es ejecutivo de un bancazo de esos que nos están hundiendo en la miseria y el tío más estirado que he visto en mi vida. Ni me mira. Sí, mejor para mí, pero por otro lado me encantaría joderlo y cada vez que viene procuro enseñar los tatuajes más grandes y me pinto el pelo de verde y naranja, por ejemplo, o me cuelgo una argolla en la nariz. Pero ni se inmuta, no hay manera. Como soy bajita, mira por encima de mi cabeza hacia el infinito y hace como si yo no estuviera.
De todos modos, creo que ellos saben que me importan un pimiento. Mis padres, aún, pero a partir de ahí, ignorancia total por mi parte. Así que en la boda mejor me coloco entre las macetas, que seguro las habrá y me dedico a pensar en mis cosas.
La verdad es que sería mejor que mi madre no durase mucho, pues empiezo a tener prisa por volver a lo mio. El Pelos todavía no ha dado señales de vida, desde que me vine y hablamos esa vez por teléfono. Vale, él es como es, y no nos debemos nada, pero me jodería que se le hubiese cruzado alguien. Y hasta que no se muere mi madre no me puedo ir, en las condiciones en que está. Mi padre no puede quedarse solo con ella, tampoco está para muchos trotes. Tendría gracia que se fuese él antes, con la madre cruzada en la cama. A ver qué hacía yo entonces. ¿Y mi hermana? Manda narices, ¿no es también hija? Tanto trabajo, tantos compromisos, tanta mierda. Ya se yo lo que haría mi hermana: meterlos a una residencia, a los dos o al que quedase. Y bien tranquila, la señorita; y el banquero mucho más, no te digo. Pues no señor, yo no, yo no los abandono en un sitio de mierda. Porque, con lo que tienen de pensión, eso sería. Ni hablar: en su casa están muy bien, y aquí está la bicho raro, la que se fue de hippy, la que vive en una camioneta, la vergüenza de la familia, para cuidarlos donde ellos quieren estar, que mi madre lo ha dicho mil veces. Padre, como es tan callado...
El Pelos, mecagüendiez, el Pelos. A saber que estará haciendo y con quién. Con todo lo que hemos pasado juntos. Y lo bien que estábamos ya: él por fin sin beber ni gota, yo limpia del todo. Y tan a gusto en la furgoneta, de aquí para allá cada vez que se nos antojaba. Y aparcando por las noches donde más estrellas se vieran.
Bueno, hija, no te alteres, que no tiene por qué pasar nada malo, el Pelos siempre ha sido de ley, a su manera, acuérdate cuando perdiste el chico. Y eso que entonces no podía estar seguro de que fuese suyo. Pero es de ley, es mucho más de ley que el banquero de mi hermana, donde va a parar, las comparaciones ofenden, parezco imbécil.
El Pelos. El Pelos sí que me quiere, me acabo de dar cuenta. Y yo a él, joder. Lo necesito. Me quiere mucho más que todos estos de aquí, por más familia que sean. Me voy. Me voy a buscarlo. Qué zapatos de tacón, ni sandalias, ni zarandajas. Que busque mi hermana la residencia, si la madre no se va a enterar. Mi hermana, por orgullo, no reparará en gastos, y seguro que podrán estar los dos juntos y mejor cuidados. Sí, esa es la solución. La mejor solución para todos. Esta noche, después de acostarlos, llamaré al bar del Grillo, para que envíe al chico a buscar al Pelos. Poder hablar con él y decirle que vuelvo ya, mañana mismo. Espero que lo encuentren, espero que siga aparcado a las afueras.
Mi sitio está con el Pelos, en nuestra furgoneta, mirando las estrellas.