miércoles, 4 de septiembre de 2013

LOS DUENDES DE LAS CASAS

Si Daniel y su mujer vienen el sábado a merendar, haré un bizcocho de almendra. Este mes han venido cuatro veces nada menos. Y dicen que el sábado volverán. Por fin una familia. A Julia le viene a la cabeza el molde ancho, el mejor para el bizcocho de manzana, y se pone a buscarlo. El sol de la tarde da de lleno en la ventana de la cocina, con los visillos corridos y los cristales entornados. Ha comenzado el buen tiempo y la tarde alarga. La luz va transformando la cocina, madera azul, volantes blancos, en un lugar muy agradable.
Pero el molde no está en su sitio, en el armario de los moldes. Julia revuelve todos los armarios: Desde navidad no lo he usado, quien lo habrá cogido. Algo rechina en su interior: Vives sola, nadie te ha cogido el molde ancho. Tú sabrás que has hecho con él. Baja con cuidado de la escalera pequeña con la que mira por los altillos. Pone a calentar la tetera y se sienta con una taza de té junto a la ventana.
Este es el tercer despiste desde ayer. Porque lo de las zapatillas en la nevera… Son los duendes de las casas. Pero no les tengo miedo. Si logro concentrarme, al final me entenderé con ellos. Disfruta el sabor del té de bergamota, su preferido, pero no logra alejar los pensamientos oscuros. A veces se me borran los nombres de la cabeza. Y esos vértigos, que me dejan en blanco… Menos mal que le he dado llaves de casa a Daniel.
Llaman a la puerta. Es la vecina:
—Julia, guapa, no nos has devuelto el cortacésped.
—Ay, Pilar, qué cabeza. Cógelo, está en el jardín de atrás.
A los dos minutos, fuertes golpes en la puerta trasera no presagian nada bueno. La vecina, seria:
—Julia, si es una broma, no tiene gracia—. Sale apresurada al pequeño jardín, donde desayunaban los veranos en los viejos tiempos, cuando estaban todos.
—Tú dirás, Julia, qué es esto— casi grita la vecina, por momentos más airada. El cortacésped, desarmado por completo, yace en piezas sobre las losas de la pérgola.
—Pe… pero… pero —Julia estalla en un mar de lágrimas. —Son los duendes, esto sí, seguro que son los duendes. Yo no he podido hacerlo, Pilar, no sabría. O alguien que me quiere mal… Dios mío, ¿qué hago?
En cuanto consigue dejar de temblar, saca el coche del garaje ante la estupefacta vecina. A toda velocidad se dirige al Leroy Merlin más cercano. Compra un cortacésped con la visa. Regresa rápida y lo deposita a los pies de Pilar, que sigue atónita. Antes de que pueda decir nada, Julia entra a casa, atranca la puerta y cierra todas las persianas, todas las cortinas.
Me persiguen. Me quieren mal. Alguien me va a hacer daño. En el dormitorio de invitados le da un vuelco el corazón. El armario de la abuela está abierto de par en par y vacío. Las mantas y ropa de casa que guarda en él, amontonadas encima de la cama. Se le va la cabeza. Casi va a desmayarse cuando suena el móvil en su bolsillo. Es Daniel, para confirmar lo del sábado. Procurando no sollozar le cuenta a su hijo lo que le ocurre
Mamá, no exageres. Últimamente estás imposible. Pon atención en las cosas. Por favor. Hazlo por mí, por nosotros. A veces, con tu cabeza, tú misma te pones en peligro.
La última frase de Daniel le resuena por dentro. ¿Me estoy poniendo yo misma en peligro? Qué absurdo. ¿Cómo? ¿Por vivir sola, ha querido decir? Pues ni loca me iría a vivir con él y su mujer. Nunca hemos logrado llevarnos bien las dos. Bueno, pero Daniel a su modo está más cariñoso. Se preocupa por mí. He hecho bien en volver a cambiar el testamento.
Cena un vaso de leche con un valium y se duerme de golpe con la boca seca y la mente en blanco. A las cuatro de la mañana, la despierta un fuerte olor a quemado. Sale al pasillo descalza. Cree ver humo bajo la puerta de la cocina y la abre: altas llamas desbordan una gran cazuela y lamen la campana extractora y los armarios. Un solo pensamiento en su mente: Si anoche no cené, ni guisé. Si no pude hacer ni el bizcocho...
Bendito su pobre marido cuando se le ocurrió comprar el extintor, nunca usado hasta ahora. Lo arranca de la pared y consigue apagar la olla incendiada. La ennegrecida cocina presenta un aspecto lamentable. Descorazonada, comienza a limpiar y tirar restos quemados. En el cubo de basura, llama su atención una bolsa diferente, de un hipermercado que a ella no le gusta. Yo no he puesto esta bolsa. A Carrefour van Daniel y su mujer, no yo. Y hoy no han venido, ni ayer. Me estoy volviendo loca.
Corre a su cama y se acurruca con el edredón por la cabeza y la luz encendida. Absurdas imágenes danzan en su mente. Una olla llameante a las cuatro de la mañana. Un cortacésped destrozado. Una extraña bolsa de Carrefour. Un molde de bizcocho en la caja fuerte… Está pasando algo. Me está pasando algo. No se atreve a llamar a nadie: Cómo lo explico. Quién me va a entender. No es capaz de volver a dormirse. Los habituales ruidos nocturnos se han vuelto inquietantes. Todos los espectros del universo vagan por la casa.
Una carga. Seré una carga. Se levanta de un salto al botiquín, a por las pastillas. Últimamente toma bastantes. Con la botella de agua que siempre tiene en la mesilla, va tragando todas las pastillas una a una.

A la vuelta del cementerio, de luto riguroso y con cara de circunstancias, Daniel cuchichea con su mujer cogida del brazo:
--Menos mal que ha salido bien. Por pelos. Casi te mato por dejar la bolsa de Carrefour en la basura. Podía haberse ido todo al traste.