lunes, 5 de agosto de 2013

LA FAMILIA CON MAYÚSCULA


Esta noche he soñado que un capo de la mafia rumana (o algo así) se quería casar conmigo. Era alto, bastante guapo, absolutamente encantador, y me colmaba de amor y comodidades.
También quería casarse conmigo un hombre normal, asimismo encantador, al que había conocido bailando una noche en la plaza durante las fiestas de verano. Era casi imposible elegir entre los dos; ambos me gustaban y en realidad lo único que yo quería era disfrutar de la situación, dejarme querer.
Esa sensación nueva y gratificante.
Pero la situación se ha complicado porque el capo no puede tolerar la competencia y comienza a mostrar su lado agresivo. Han aparecido sus esbirros, que el otro día propinaron una paliza al hombre del baile. Lo peor es que mi hijo T, que se lleva muy bien con éste, intervino para defenderle y salió de la escaramuza con alguna magulladura. En principio mi pareja de baile no se atemorizó y siguió rondando mi casa. Como resultado, ahora tres gorilas trajeados montan guardia ante mi puerta y me siguen a todas partes, impidiendo que mi segundo pretendiente se acerque.
El capo continúa impasible, utilizando sus artes de seductor con el claro objetivo de que yo me sienta la mujer más importante de la tierra. Y lo estaba consiguiendo, hasta que mis hijos se deciden a manifestar su incomodidad, sobre todo por los acompañantes. Intento hablar de ello con el capo pero zanja la conversación: “mi Familia os protege, con nadie estaréis mejor”. Lo escribo con mayúscula porque me dio la sensación de que así lo decía él.
Casi me siento obligada hacia el rumano. Ha hecho desaparecer mis deudas, me ha llenado la casa de aparatos nuevos. Por primera vez podemos disfrutar de una vida tranquila y cómoda. Pero comienzo a darme cuenta de que a lo mejor el precio es demasiado alto. El hombre del baile finalmente se ha esfumado y compruebo sorprendida que lo echo de menos. Su alegría, su buena relación con mis hijos. El capo también los trata muy bien, pero a ellos les inspira una especie de respeto teñido de miedo.
Un buen día me trae a su familia de sangre, madre, hermanas, cuñados. Constato que vienen a examinarme, a comprobar si soy merecedora de su aprobación. La Madre, toda de negro como en el cine, observa a mis hijos, a mi casa, a mí con unos ojos fríos sobre media sonrisa estirada. Le miro a él y capto su expresión satisfecha, como de triunfo, como quien enseña su mejor pieza después de la cacería. Tengo que alejarme de él. El problema es cómo.
Nos iremos de la ciudad. Pero tendremos que hacerlo en secreto, burlando la vigilancia de los hombres con gafas de sol que no nos pierden de vista. Y necesitaremos dinero. No es problema, ahora mi cuenta está muy saneada. Aunque si saco una suma grande él lo sabrá al momento, tiene contactos por todas partes.
Durante días exprimo mi cabeza en busca de un plan de fuga. Cualquier idea choca de inmediato con el capo y la Familia, con mayúscula y con minúscula. Desalentada, a punto de desistir, trato de conformarme con esta vida cómoda y vigilada pensando que, con tiempo y paciencia, seré capaz de convencer a mis hijos en su favor. No en balde les ha comprado las motos, les ha introducido en el club deportivo, ha matriculado a P en el curso de diseño que quería… Con tiempo y paciencia se irán acostumbrando a ambas familias.
Pero un día mi hija vuelve del instituto hecha un mar de lágrimas. “Me han dicho que eres la amante de un mafioso. Nadie quiere hablar conmigo. Me quiero morir”. Inmediatamente reúno a los tres y les hago partícipes de mis planes de fuga. Se entusiasman. Entre abrazos y risas decidimos pensar cada uno por separado y reunirnos cada noche para intercambiar ideas e ir elaborando un plan conjunto, que por supuesto será perfecto. Al contemplar los tres pares de ojos brillantes, no lo dudo ni un segundo.
Mis hijos opinan que si nos ganamos la simpatía del entorno del capo, será más fácil que todos se relajen y eso podrá darnos alguna ocasión de abrir un resquicio en la muralla. Decido hacerles caso, son mi única gente de confianza.
Fiel a su talante cinematográfico, P pone la casa patas arriba en busca de micrófonos ocultos, que por fortuna no encuentra. T hace un gran esfuerzo por congraciarse con el trío vigilante, que continúa a nuestro alrededor. Le dejo hacer porque nunca se equivoca. Mi hija, mucho más animada, se dedica a desplegar su encanto con la familia. Descubre en ella gente de su edad, que va al mismo instituto, con la que, ignorando pasados desaires, forma pandilla. Finalmente yo cocino bizcochos para la Madre, a la que, según me cuenta luego el capo, le encantan.
Nuestra vida se convierte en un disimular durante el día y conspirar los cuatro en voz baja durante la noche.
Pero ninguno de nosotros podía imaginar cómo es la mafia.
-----

(Continuará. O eso espero).