domingo, 28 de julio de 2013

UN VERANO DELICIOSO



El Atlántico despliega ante mí su inmensidad. Hoy está en calma, apenas una brisa levanta rizos blancos entre el azul, un punto más oscuro que ese cielo con el que casi se confunde.
Trato de empaparme de esta paz majestuosa. Quiero que me penetre hasta los huesos para recordarla y nutrirme de ella el resto del año.
Porque intuyo que cuando vuelva encontraré complicaciones. Y eso que no me ha llamado nadie. Como pregoné que me iba a Francia, deben temer el posible coste de las llamadas. O a lo mejor es que no se ha descubierto aún. O que él no se ha ido de la lengua.
Al venir a las Landas, dejé mi casa con un grado de desorden suficiente para que no sospecharan. Yo siempre he sido un desastre, y ante un piso reluciente, impecable, hubieran rebuscado por todos los rincones.
Pero estoy casi segura de que nadie sabe que yo tengo el dinero. He interpretado perfectamente el papel de mujer-que-está-en-la-ruina, siempre se me ha dado muy bien. Y con los vecinos apenas tengo trato, solo con la señora de abajo; eso sí, las dos muy simpáticas, siempre invitándonos a nuestras respectivas casas y sin cruzar nunca los umbrales.
Nadie sabe que la noche anterior a viajar a Francia, pulsé su timbre para dejarle la llave de mi casa, por si pasa algo mientras estoy fuera, como hacemos algunas veces. Ella insiste en que entre, y yo, no se por qué, accedo. Tiene una casa preciosa, todo caro y de buen gusto. Me la está enseñando encantada y parlanchina, como es ella, cuando al salir de la cocina hacia el office se detiene de pronto, se lleva la mano a la garganta, abre mucho los ojos y se desploma. Todo en medio minuto. Y al caer se golpea contra la esquina de mármol de la encimera.
Yo, estupefacta, como si nada de ello ocurriese ante mis ojos. Como si en esos segundos yo fuera otra persona. Me inclino sobre ella, le agarro una mano, la llamo por su nombre. Tiene los ojos abiertos, pero no mira. Le tomo el pulso, palpo los dos lados de su garganta. Nada. Pero ahí tendida entre la cocina y el office, la vecina de abajo tiene un aspecto la mar de tranquilo.
Ya son las diez y media de la noche y tengo que madrugar para llegar al tren de Irún. Si la dejo acostada, seguro que cuando despierte no se asustará. No se si podré con ella, aunque es bajita y menuda y el dormitorio está cerca. También la puedo arrastrar por el pasillo, poniendo algo bajo su cabeza.
Ni se entera de que le quito la bata de verano y la acuesto. A pesar del calor, la arropo un poco. Compruebo que sigue inmóvil, me incorporo y doy media vuelta para volar a mi casa. Mis llaves relucen sobre el tocador y de inmediato las encierro en mi puño. Un cajón entreabierto llama mi atención. 
No debí hacerlo, pero lo abrí. Y allí, en una esquina del fondo, vi los montonazos de billetes. Solo cogí dos, o tres, casi no se notaba. Los metí como pude en el bolsillo interior de mi chándal y subí la cremallera. De nuevo miré hacia mi vecina: nada, no se había movido.
Cerré con cuidado el dormitorio y caminé de puntillas hasta la puerta de entrada; antes de abrirla apagué todas las luces y, por una rendija, comprobé el descansillo desierto. Recordé con alivio que los vecinos de enfrente se habían ido de vacaciones todo el mes. Subí sigilosa el corto tramo de escaleras hasta mi piso.
Vaya, la música a tope y él, tumbado en el sofá. Me clavó los ojos: “¿Donde estabas?”. “Dando una vuelta” y me encerré en mi habitación para que mi corazón dejase de galopar. Y para esconder el dinero. Al cabo de un momento, tres golpecitos en mi puerta “Oye, ¿puedo entrar?”, “mmm... sí, claro” mascullé mientras abría el ordenador y adoptaba la postura más habitual posible. Entró con cara de bueno: “Bufff, vaya calor que hace… Oye, ¿tienes pasta?”. Lo miré a los ojos: “¿Cuál es el problema?”. Se sentó sobre mi cama y me devolvió la mirada frente a frente: “No me ha llegado lo del curro y tengo que pagar el alquiler. Pero si no tienes no pasa nada”. Sonreí: “No te preocupes. Ahora quiero acostarme porque mi tren sale a las 9, pero mañana antes de irme, te lo dejo en la mesa de la entrada”. Observé con cierta ternura su cara de alivio: “Buff, mil gracias guapa. Disfruta en las Landas”.
Pues sí, estoy disfrutando. Mucho. Y consiguiendo no acordarme de mi vecina de abajo. Pobrecica. No quiero pensar que estaba muerta, pero cada vez lo veo más posible. Sobre todo ante la ausencia de noticias.
Además estoy segura de que, con el edificio medio vacío por el verano, nadie me vio entrar en su casa a las diez de la noche, cuando sus hijos ya se han ido y se queda sola viendo la tele.
Y él, con la emoción del dinero que le dejé sobre la mesa, seguro que no ha vuelto a aparecer por casa. Además, nunca se extraña de que yo tenga dinero de repente.
En resumidas cuentas, un verano delicioso.

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Foto de JLCorman (Ludovica en Las Landas)