viernes, 7 de junio de 2013

ESCRIBIR A PESAR DE TODO


Éramos cinco hermanos y mi padre se compró un seiscientos color crema. Acababa de sacarse el carnet y no se atrevió con un coche grande. Hizo bien. Yo no he querido conducir porque soy igual que él, por lo menos en cuanto al tremendo despiste. Los sustos a bordo de aquella miniatura cremosa fueron muchos, atesoramos anécdotas inenarrables. Como el día en que no vio a tiempo un rebaño que cruzaba -¡un rebaño!-, y el frenazo lo produjo una oveja muerta bajo nuestras ruedas. Y el pastor asestando garrotazos al capó del seiscientos con toda su alma. En fin.
Cuando en verano subíamos al Balneario de Panticosa, mi padre nos llevaba en coche a los mayores y a las maletas. Yo, en el asiento del copiloto, lo pasaba fatal. Primero porque odiaba la conducción titubeante de mi padre, y luego porque me sentía aplastada por las montañas majestuosas que se iban alzando a ambos lados de la carretera hasta cerrar el horizonte ante nuestros ojos. Se me encogía el corazón y me mareaba. Estado que solía durar todo el verano. Mi mejor día era el de la vuelta a Zaragoza, y mi mejor momento al llegar a Biescas, bajando hacia el valle, donde aparecía de nuevo el horizonte. Decidí escribir una novela llamada “Donde el valle se abre”. Quise inmortalizar esa sensación perfecta. Nunca he vuelto a tener un título tan claro. Es más, ahora los títulos son un problema.
Guardaba sin estrenar un cuaderno de raya doble, con esquinas redondeadas y tapas blandas de color azul. Lo decoré con mis habituales dibujos y letras adornadas, y comencé a escribir. La novela trataba sobre una chica ávida de horizonte. Pero, a las seis o siete páginas, me empeñé en introducir una muerte. La muerte de la madre, claro, lo que quizá fue demasiado ambicioso para mis doce años. Me bloqueé. Todos los días intentaba escribir, pero al fin guardé el cuaderno en un cajón. Aunque durante mucho tiempo sostuve que un día acabaría la novela y me haría famosa.
Mientras tanto, mis primos mayores comenzaban a tener novia y las nuevas parejas a mi alrededor me fascinaban. De nuevo necesité escribir. Esta vez una historia de amor, llamada “Petite”. Cursi y afrancesada, pero yo era así entonces. Cursi, afrancesada y tituladora oficial de todo lo que consideraba oportuno. Elegí otro cuaderno, de hule negro, que me pareció más de mayor. Pero el tema amoroso me aburrió enseguida. Y no me atreví a darle un giro más real, menos edulcorado; escarmentada por el fracaso anterior, quería escribir cosas bonitas. O era lo que necesitaba escribir. Este segundo proyecto no lo guardé, lo escondí. Me moría de vergüenza si lo leía alguien, con tantos abrazos y tantos besos. En casa éramos más bien serios.
Recuerdo tardes interminables, de los doce a los quince años, sola en mi habitación, sentada ante la mesa de estudio. Los dos cuadernos abiertos y el bolígrafo en la mano. Pensando, frustrada, que no servía para esto. A pesar de los sobresalientes en redacción que me ponían las monjas. Escribir en el colegio era fácil: la amistad, la virgen, los padres. Pero si no me daban el tema, no se me ocurría nada. Creo que eso se llama negro, me martirizaba yo misma.

Años más tarde, en un momento duro, bajé del trastero la única maleta que quedaba, una maleta vieja. Al abrirla sobre la cama asomaron los cuadernos. Los leí, pero no reconocí mis primeros escritos. No supe captar la sensación del horizonte que se abre dentro del pecho, o el descubrimiento del amor a los catorce años. La que yo era en ese momento rompió aquellos cuadernos en mil pedazos. Llenó la maleta de cualquier cosa y cerró la puerta sin volver la cabeza.
Y transcurrieron treinta o cuarenta años sin escribir.

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