jueves, 23 de mayo de 2013

NÚMERO OCULTO



Suena tu móvil y apenas lo oyes, inmersa en el combate que libran las sábanas y tu habitual pesadilla del final de la noche. El sonido se entremezcla en tu complicado sueño, y no te despiertas.
Pero insiste. Insiste y por fin consigue que aparezcas de entre la bruma. Enciendes la lámpara de la mesilla y con un ojo entreabierto observas la vibración del iluminado aparato. En su pantalla: número oculto. Molesta porque te ha despertado, aunque sea de la pesadilla, quieres olvidarlo, no contestar; pero de un modo absurdo piensas este mes no ha quedado nada sin pagar, y atiendes la llamada.
Sí.
Doña L. –Una amable voz femenina.
Sí, dígame.
Mi nombre es X, de la Editorial Y. La llamo para concertar una entrevista con usted.
Estupefacción.
¿Cómo?
Estamos interesados en publicar su novela.
Pero... –apenas consigues oír tu voz – Si yo no... Si no tengo ninguna novela, por lo menos acabada
La tendrá, señora L. Esa es nuestra misión.
No entiendes nada.
¿Su misión?
La agrable voz continúa impertérrita:
Si usted sigue nuestras indicaciones, juntos lanzaremos el mayor éxito del año
De nuevo alguien que te dice lo que tienes que hacer.
Perdone, pero qué indicaciones. Y cómo saben que estoy escribiendo una novela.
Percibes su sonrisa.
Ese es nuestro trabajo. Confíe en nosotros.
Comienzas a debatirte entre la ilusión y un incipiente miedo.
Pero es que no me suena esa editorial, no sé...
Eso no importa. Nosotros haremos que su novela triunfe y que cambie su vida por fin.
¿Cómo por fin?
¿Es que me conoce? – Desasosiego – ¿Cómo sabe mi número de móvil? yo...
Nuestro trabajo es descubrir gente.
Se acelera un poco:
Venga usted el día 13, jueves, a las 10 de la mañana; la dirección es xxxx. No se arrepentirá. Para mayor seguridad, le he enviado un email.
También conoce tu correo electrónico. Pero cuelga sin darte tiempo a decirle que has cambiado la dirección. Te quedas como una tonta, sentada en la cama con el móvil en la mano. Buscas en las llamadas recibidas, y el número oculto ha desaparecido.
Desconcierto. ¿No habrás imaginado esta llamada?

No. Vamos, arriba, hoy tienes un buen motivo para levantarte. El día ha comenzado de un modo diferente, más estimulante, palabra que de inmediato te conduce a la cafetera con el ansia de una adicción. Después del primer café con leche, enfocaré este asunto de la llamada misteriosa con más claridad.
Con la taza grande en una mano y una galleta de avena en la otra, te encaminas hacia la mesa de trabajo. Colocas el desayuno a la izquierda, tabaco y mechero a la derecha; te sientas y conectas el portátil.
Vas directa a tu correo –el nuevo, el que no le has podido decir–, y ahí está el mensaje. En el remite, la editorial que ella ha mencionado y en el texto la misma dirección, fecha y hora. Como asunto: Por fin. Estupefacta, sientes el impulso de eliminarlo, pero no lo haces.
Una sola idea en tu mente: ¿qué puedo perder si acudo a esa cita? Escucho lo que me propongan, y si no me convence, me voy y asunto concluido. Pero es que a lo mejor te convence, a lo mejor te conviene. Como si tuviera tantas propuestas. Es más, ésta es la primera, sin contar el olvidado premio de relato del año pasado...
Te calzas las deportivas y sales a la calle, a caminar lo más aprisa posible. Treinta y cinco minutos más tarde llegas al segundo kiosco del Parque Grande. Queda una mesa libre al sol y te sientas. Caña y aceitunas, hay que subir el ánimo.
Sacas el móvil y abres el mahjong. Tres partidas más tarde, no puedes evitar mirar de nuevo el email. El dichoso mensaje. Faltan cuatro días, piensas. Tendría que investigar un poco por ahí, comprobar si alguien los conoce, si alguien sabe de qué van. Lo peor será terminar la dichosa novela, con el sufrimiento que me está costando.
Una súbita ráfaga de viento te ayuda a poner fin al aperitivo, al móvil, a la caminata. A los jodidos pensamientos.
En los tres días siguientes no consigues información. Nadie conoce esa editorial, nadie ha oído hablar de ella. Algunos te dicen: no te fíes, como mínimo pagarás el oro y el moro. Otros se alegran por ti: qué suerte, por fin publicas, aunque sean desconocidos, inténtalo. Te agarras a los que opinan como tú: total, no pierdo nada.
El jueves trece, sin haber dormido apenas, pasas un buen rato ante tu armario, eligiendo un atuendo apropiado. Imprimes el mensaje para tener a mano la dirección. Puedes llegar en tranvía, pero en el último momento tomas un taxi. Diez minutos más tarde se detiene ante un edificio antiguo, en el que no hay ningún cartel, ninguna indicación. Falta un rato para las diez y entras en una cafetería cercana a por el segundo y último café con leche. No, mejor una manzanilla.
Por fin pulsas el número seis del portero automático. Esperas oír la misma voz agradable del móvil, pero el portal se abre con un sordo zumbido sin que nadie conteste.
La entrada es señorial, como en algunas casas del siglo pasado. El ascensor de cristal tiene puertas de hierro forjado. Sube y baja por el hueco de la escalera exento, a la vista. Al pulsar el sexto piso te das cuenta de que es el último y no tiene derecha ni izquierda, como los demás. Es raro que esa editorial ocupe toda una planta siendo tan desconocida. Mientras asciendes en la jaula transparente, nadie sube ni baja por la escalera. Tampoco se abre ninguna puerta de los pisos.
Flota en el aire una sensación algo inquietante de que tú eres la única persona presente en el edificio, pero una vez más la desechas. Ellos te han llamado al móvil, te han enviado un email con esa dirección. Buscas el papel en tu bandolera, pero no está. Demonios de cabeza, lo he debido olvidar en el taxi.
Por fin el ascensor se para, oscilando levemente. Sales a una planta diferente, su amplio descansillo es circular y frente al ascensor una puerta, esta vez negra. Por tercera vez pulsas un timbre. Y de nuevo una puerta se abre en silencio, deslizándose hacia un lado. Te rodea una luz amarillenta pero cegadora. No ves nada ni a nadie.
Superando el impulso de dar la vuelta y correr hacia la escalera, adelantas el pie derecho en un paso vacilante y te rodea el vacío.

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