viernes, 17 de mayo de 2013

YO TAMPOCO LO HE VISTO



Yo tampoco lo he visto nunca, al Bendito. Y eso que me hubiera encantado verlo, pero no he tenido esa suerte.
Bueno, como casi nadie, porque de los vivos ahora solo lo ven tía Flora y el abuelo. Que entre los dos suman unos ciento treinta años, así que las apariciones del Bendito deben estar próximas a su fin. Los otros que lo vieron, que eran muchos, han muerto ya.
Tía Flora y el abuelo se dedican a relatar sus encuentros con el Bendito, sus visiones, sus encomiendas. La gente les paga para que se las cuenten. Padre dice que eso es un engaño, que con esas cosas no se juega. Y el abuelo, que es pura envidia, que él hubiera hecho lo mismo. Que gracias al Bendito vivimos desahogados toda la familia. Y padre: “Hay que vivir del trabajo, del esfuerzo de uno. Yo, por lo menos…” Y se va dando un portazo. Enseguida viene tía Flora a tranquilizarnos: “No pasa nada, el Bendito lo entiende y quiere mucho a vuestro padre, claro que sí”.
La verdad es que es una suerte tener al Bendito, aunque no lo veas. Yo, de pequeña, me esforzaba en estar tranquila y concentrada, pues decían que era lo que le gustaba. Pero nada. Yo no comprendía por qué se dejaba ver por tía Flora, que es tan simple; muy buena, pero muy simple. Por lo que contaban y por lo que yo además imaginaba, el Bendito prefería las personas listas y responsables. O que leyeran mucho, como yo, que sacaba tan buenas notas y todo eso.
Mi abuelo sí que es listo, su biblioteca es de las más grandes de la comarca, eso dice la gente. Y con el Bendito tiene larguísimas parrafadas. Más que nada por el rato que ha estado encerrado, cuando sale del despacho con los ojos brillantes y la voz ronca, los brazos levantados hacia nosotras: “venid, venid. Ha estado aquí otra vez”.

El Bendito, al principio de todo, se llamaba Ángel y por lo visto era una persona normal. Bueno, normal del todo no era, según cuentan. Siempre estaba en medio cuando pasaban cosas raras. Cosas que nadie podría haber imaginado. Por ejemplo, cuando el campo de trigo de Bernabé se quemó entero con aquella colilla, dos días antes de la cosecha. Dicen que Bernabé se volvía loco. Pero esa tarde, cuando encerraba a las gallinas, llegó Ángel y estuvieron hablando un rato los dos en el corral. Y a la mañana siguiente, de veras, el campo estaba otra vez repleto de espigas altas, con amapolas y todo. Y lo del niño de Faustina, el tardano, que según el médico nació muerto y se oían los alaridos de la madre por todo el pueblo. Ángel y el padre se quedaron en la cuadra con una botella de vino, y cuando las vecinas lo estaban amortajando, el chiquico abrió los ojos y empezó a llorar.
Y más cosas, todas increíbles.
Un día lo buscaron en su casa y no estaba. La puerta, abierta, como todas, pero la casa, vacía. Fueron a su sembrado, y tampoco. Miraron en el bar, aunque no iba mucho, y nada. Pedro dijo que en el autobús de las ocho no había subido, que él había acompañado a su chica que volvía a los estudios. Cundió el desconcierto y el desánimo. Todo el mundo se había acostumbrado a contar con Ángel, a encomendarle los problemas, siquiera a pedirle consejo. Los que tenían que bajar a la ciudad a cualquier cosa procuraron indagar, enterarse de si estaba por allí. Aunque nadie lo había visto marcharse. El alcalde hizo dragar el pozo Hondo, sin resultado. Hasta por el río lo estuvieron buscando, ya sin esperanza.
A punto estaba la gente de olvidarlo, de aceptar que todas las maravillas habían sido casualidades (a esto contribuyó mucho el cura), producto del azar o de lo que fuese, cuando empezó a aparecer. Lo curioso es que todos no lo veían. La mayoría de la gente sí, pero por ejemplo el cura no lo vio nunca. Ni don Simón el de las fincas. Aparecía cuando había fiesta, como en la boda de Patri, que fue sonada porque no se casaron por la iglesia; bailó una pieza con ella, antes de esfumarse de nuevo sin que nadie se diese cuenta. Y también aparecía cuando había algún problema. Como una tarde en que los Royos se querían matar con los Arribas por un asunto de lindes. Ángel llegó, cogió a los mayores de cada familia y se encerró con ellos. Y de repente hicieron las paces. Sin que a fecha de hoy pueda ninguno explicar bien las causas, ni la situación. Sólo dicen: “El Ángel, ya se sabe”. Y todo el mundo conforme.
Por entonces lo empezaron a llamar Bendito. Dicen que se les ocurrió a las mujeres que estaban en el horno preparando la torta para las fiestas de agosto
Yo no tenía la suerte de verlo, ni recordaba haberlo conocido porque cuando desapareció de su casa yo era muy niña. Y la historia me fascinaba. Lo que más me fascinaba era que nadie podía, ni quería, saber si estaba vivo o muerto. Su cuerpo no se encontró nunca. Todos creían a pies juntillas que el que aparecía de improviso, o se mostraba a alguien, era el Ángel de siempre, vivo. Habían pasado muchos años pero a nadie le extrañaba que llegase con el mismo aspecto que cuando se fue: joven, alto, moreno, fuerte. En casa, yo argumentaba que tenía que ser ya mayor, pero la tía Flora musitaba: “No, hija, es normal. En él es normal”.
A los quince o dieciséis años me atreví a entrar por primera vez en su casa. Permanecía abierta, a nadie se le ocurrió cerrarla. Las vecinas se turnaban para limpiarla, regaban las plantas y cambiaban las sábanas aunque no se usaran. Y tampoco se le ocurrió a nadie hacer gamberradas, estropear o robar algo. Solo si te quedabas mucho tiempo dentro, alguna mujer asomaba la cabeza por la puerta “¿Pasa algo?” y salías. Me encantaba esa casa. Encalada, austera, pocos muebles, una gran chimenea muy usada. Pero nunca le dije al abuelo que Ángel tenía más libros que él. Quizá el abuelo también había estado allí y lo sabía; pero, por si acaso, no sería yo quien le diese ese disgusto. Me acostumbré a ir con el cesto de las setas, y cada vez echaba dentro un libro, que devolvía por el mismo método en mi siguiente visita. Prefería leer los libros de casa de Ángel que los del abuelo, que no me dejaba tocar casi ninguno. Siempre tenía que preguntarle los que podía leer, mientras que en casa de Ángel devoraba uno tras otro, a mi antojo. Se me abrió un mundo maravilloso, aunque he de reconocer que mucho de lo que leía no lo entendí entonces.
Un día me pareció que los libros estaban en distinto orden, incluso que faltaba alguno. Pensé que quizás había otra persona que hacía lo mismo que yo, pero ese desorden era la primera vez que se daba. No me quise asustar, y medio en broma, dije en voz alta: “Ángel, ¿has sido tú? ¿Ahora necesitas libros?” y por poco me desmayo cuando alguien me contestó: “siempre los he necesitado, pero es que ayer iba muy deprisa”. Recorrí la casa con el corazón en la boca, pero no había nadie. Intenté tranquilizarme y me senté un momento junto a la chimenea, apagada y limpia desde hacía años. Y por ella salió una ráfaga de aire agitando las margaritas del jarrón que todos los días cambiaban las vecinas. Comprobé que no había ninguna corriente, y en tono casi inaudible, pregunté “Ángel ¿de veras eres tú?” “Claro, mujer, soy yo”, con voz serena y agradable. Me tuve que volver a sentar. Pero me tranquilicé cuando oí que se reía. Tenía una risa estupenda.

Desde entonces hablamos casi a todas horas. Aunque sigo sin poder verlo.

----------
Foto: El cielo sobre Berlín, Wim Wenders.