miércoles, 8 de mayo de 2013

CANDIDATOS AL ENTRESUELO DERECHA



Se ha quedado vacío el piso de enfrente. Siento una curiosidad tremenda por saber quién vendrá. Una familia con niños, una pareja, un señor mayor, tres amigas. Las posibilidades son variadas y mi cabeza hierve, en la rutina gris de casa de mis padres.
Empiezo a montar guardia sentada en el arcón del vestíbulo. Al mínimo ruido que oigo en el rellano, me levanto como una flecha a poner el ojo en la mirilla. No me he perdido ninguna visita de los de la inmobiliaria con gente interesada.
Mi madre -creo que está perdiendo cabeza- no se inmuta con mis extrañas andanzas. Al punto de la mañana se acomoda en su mecedora frente al balcón de la sala, con alguna labor de las que siempre tiene a mano. Nunca se mueve de ahí hasta la hora de hacer la comida. Lo demás parece no importarle en absoluto. Mi padre es conserje en el instituto que hay a la vuelta de la esquina. Trabaja en horario reducido de mañanas por su minusvalía -la polio cuando era niño- y pasa la tarde en el bar jugando al guiñote.
Y ahí en medio estoy yo, ahora absorta en mis espionajes. Sin ninguna otra posibilidad más estimulante. No puedo decir que a mis padres les sentara mal que yo volviese a su casa cuando me quedé en la calle, pero saltos de alegría tampoco dieron: Menos mal que no tienes hijos, ahí está tu cuarto, como siempre. En efecto, como siempre. Al entrar con mi abultado equipaje en la habitación infantil, blanca y rosa, sentí que toda yo empequeñecía.
Desde que vivo aquí, mis padres no quieren que salga a la calle  sin nada que hacer, a callejear como los vagos. La posibilidad de tener vecinos nuevos, gente distinta para conocer, tratar, ya no digo hacer amistad, se ha convertido en vital para mí. Incluso llevo una especie de diario del asunto. Lo he titulado “Candidatos al entresuelo derecha”. Después de cenar, mientras mis padres cabecean ante la tele sin sonido, yo, sentada en la mesa camilla de mi madre voy registrando las visitas diarias:
3-XII, 11 h. Señora sola, teñida caoba, bastón, cara de mal genio.
5-XII, 17 h. Pareja encantadora, ella embarazada, él pinta de buenazo.
Mis padres creen que estudio secretariado por correo y una vez más no dicen nada.
Llevo casi cinco páginas anotadas y nadie ha repetido visita, ni ha mostrado especial interés. El cartel de Se alquila piso sigue en la entradaEl edificio, bastante antiguo, tiene ya dos o tres pisos vacíos, y los inquilinos comienzan a asustarse. Yo no salgo más que al mercado con la lista de mi madre, y no me trato con nadie, pero hasta yo me entero de los rumores: nos van a echar a todos, derribarán el edificio, harán oficinas.
Y un buen día desaparece el cartel. Repaso mi cuaderno: ¿quién se lo habrá quedado? La señora caoba no, por favor. Ojalá sea la pareja embarazada. Ella y yo nos haremos amigas, y luego le cuidaré al niño. No puedo evitar llamar a la inmobiliaria, pero solo me dicen que la semana próxima vendrán los nuevos inquilinos.
Sigo tras la mirilla a todas horas. Quiero ser la primera en verlos cuando entren en el piso. Tengo un plan. Cuando los vea abrir la puerta con su llave, saldré al descansillo y saludaré muy amable. Me ofreceré para lo que sea, les daré la bienvenida. Desde que me fui al paro, es la primera vez que encuentro ilusión en algo.
Y cuando por fin llegan casi no me doy cuenta. En plena madrugada. Por suerte me he levantado a por un vaso de agua. Medio sonámbula me acerco a la mirilla. No se oye ningún ruido, a pesar del silencio de la noche. Pero ahí están. En la oscuridad, sin encender ninguna luz, tres sombras en el descansillo manejando unos bultos. Me espabilo y agudizo la vista todo lo que puedo. Si, son tres. Dos hombres, más joven y más viejo y una tercera sombra, con movimientos suaves que pueden parecer femeninos. Con la emoción olvido mi plan, y ya casi están entrando al piso cuando abro mi puerta. Uno de ellos empuja rápido hacia adentro a la que parece mujer y los dos hombres se me quedan mirando. El mayor me dice escueto que vienen de muy lejos y están muy cansados. Pido excusas y vuelvo a mi cama con el corazón a salto limpio.
A la mañana siguiente continúo espiando, pues quiero hacerme la encontradiza para entablar relación. Durante dos o tres días no salen de casa. Estarán organizando sus cosas. El piso es casi igual al de mis padres. Problema de espacio no van a tener, con cuatro habitaciones más la oscura despensa al fondo del pasillo. Un dormitorio les sobrará seguro, porque serán una pareja mayor con un hijo. O una pareja joven con el suegro.
Tres días más tarde, al salir con la lista de la compra, me topo en la escalera con el joven. Me saluda seco y le reitero si necesitan algo. Niega con la cabeza. Es moreno, ojos negros, delgado. Guapo, pero triste. Lamento que no sea una chica, se ha malogrado mi sueño de una amiga. Y los romances no hacen al caso porque es más joven que yo. Me centro en la tercera persona. Qué tal tu madre, pregunto, ya está instalada, se encuentra a gusto. Me clava unos ojos muy abiertos y al momento los desvía: Mi madre no está aquí, murió, tratando de dar media vuelta y bajar por la escalera. Ay, perdona, entonces es tu mujer, o tu hermana, ¿no? Dile que yo. Levanta una mano, con gesto de hielo: Señora, no entiendo, sólo somos mi padre y yo. Buenos días. Y desaparece bajando los peldaños de tres en tres.
Me olvido de la compra y vuelvo a entrar en casa hecha un lío. Yo vi tres personas. Y una era mujer. Seguro. Es imposible que ella se haya marchado, mi vigilancia es estricta. Aunque, la madrugada en que llegaron, al final me dormí. Pero, a esas horas, una mujer sola. Mi madre aparece cansina en el pasillo ¿Qué has comprado? Horror, mis obligaciones, la panadería, el mercado. La dejo de pie ahí y salgo a toda prisa para volver cuanto antes a mi puesto de vigilancia.
En los días siguientes veo alguna vez al hombre mayor. Es de los que saludan sin palabras, alzando dos dedos hacia un imaginario sombrero, o con una inclinación lateral de cabeza. Como si hubiera levantado un muro invisible entre él y los demás. Sin embargo no parece antipático, sus ojos son tranquilos. Sale y entra a horas regulares, como si cumpliese una jornada laboral. A veces trae en la mano paquetes como de farmacia, nunca bolsas del súper o periódicos. De eso se encarga el chico, al que me voy encontrando en los recados matutinos. Decido sonreirle a todas horas, para derribar cualquier posible recelo, para tender algún puente. Me mira receloso, pero pronto comienza a devolverme una tímida sonrisa. Al fin una mañana, los dos en la fila de la charcutería, me pregunta en voz baja ¿Qué embutido es bueno aquí? Me tranquilizo. He ganado la primera escaramuza.
Más animada, convierto cualquier cosa en motivo de investigación. Sus entradas y salidas ya son fácilmente previsibles, por lo que amplío el radio de acción: desde nuestro baño controlo sus ventanas del patio de luces: dos dormitorios, el baño y la cocina. Pero sólo atisbo a los hombres. La ropa tendida es una estupenda fuente de información, pero, o no lavan su ropa o la tienden dentro de casa. En el tendedor sólo hay sábanas y toallas a veces, y zapatones en el alféizar de las ventanas.
El salón y el dormitorio grande escapan a mi vigilancia porque dan a la calle. Sin hacer caso a la mala cara de mi madre, comienzo a desayunar en el bar de enfrente. Es un buen puesto de control cuando sales a fumar a la calle. Pero la ventana del dormitorio grande no se abre nunca. Además, un día mi padre me encuentra acodada en la barra y tuerce el gesto. Este es mi sitio, masculla. Y claro, no puedo volver.
La tarea se vuelve pesada y decepcionante. Con el chico me trato ya bastante, nos hemos acostumbrado a salir juntos a comprar por las mañanas. Yo saco temas de conversación sobre la casa, que si las cañerías, que si la cocina es antigua, que si mi madre se queja de esto y de lo otro. Pero él jamás alude a una tercera persona. A aquella mujer que vi entrar al piso, empujada por él.
Caigo en la cuenta de que no sabemos nuestros nombres. Le digo el mío, Ana, y me contesta: Yo soy Óscar. Y, como si se le escapara, murmura: mi madre es una fanática del cine. Aprovecho: Era, querrás decir. Se para en seco en medio de la acera, con el pan bajo el brazo y me mira: Ahora que se tu nombre no te puedo ocultar nada. No contesto, intento no mover ni un músculo, ni un pelo. Y me lo cuenta todo.
Mi madre está encerrada bajo llave en el dormitorio grande. Hemos clavado la ventana para que no la pueda abrir. Está loca desde que murió mi hermanita. Además es peligrosa, no puede tener a mano nada pesado ni cortante. Duerme en un colchón en el suelo... El chico continúa con la mirada opaca: Ahora parece más tranquila, incluso ausente. Serán las pastillas que trae mi padre de su trabajo. Atónita, sólo puedo decir: Pero, los médicos, un sanatorio. Óscar mueve la cabeza: No queremos que la vea nadie, no se merece esa humillación. Tampoco queremos meterla en ningún sitio. Su sitio está con nosotros. No me salen las palabras y caminamos hacia casa en silencio. De pronto él pone su mano en mi hombro: Te lo he contado y me siento libre. Mi padre nunca me ha dejado contarlo. Cambiamos muy a menudo de casa. Nos miramos y seguimos caminando.
Al llegar a casa y subir hasta nuestro entresuelo, Óscar me detiene con suavidad: Entra conmigo. Tras la puerta entreabierta, el padre nos mira interrogante. El hijo se adelanta: Se lo he contado, es amiga, de verdad. El hombre se aparta a un lado, como dándonos paso. La casa aparece limpia, blanca, casi vacía. Me gusta más que los abigarrados muebles de mis padres, con tapetitos por todas partes.
Ven, me dice Óscar. Yo creo que ella también querrá conocerte, si no está dormida. Saca un llavero de su bolsillo y abre los candados de la puerta del dormitorio grande. El colchón está en el suelo, pero en la habitación desnuda y oscura no hay nadie. El hijo se vuelve con una expresión indescriptible. El padre, hierático, como un gran robot en medio del caos, va abriendo una por una las demás habitaciones, el baño, la cocina. Todo está vacío. Solos los dos hombres y yo. Procuro no gritar. En un impulso consigo correr hasta el piso de mis padres, abrir la puerta y cerrarla tras de mí con un gran portazo.
Cuando logro respirar de nuevo, caigo en la cuenta de que no hemos mirado en la despensa del fondo del pasillo. Pero ya soy incapaz de volver.