lunes, 29 de abril de 2013

MI LAGO




Amanece nublado, oscuro, frío, y Berta se despierta tardísimo.
Ojalá despeje, habíamos quedado para nadar. Agosto, ya se sabe. Observa el lago grisáceo desde la ventana. Durante un segundo una nube negra se abre sobre las montañas y un rayo de sol centelleante ilumina el agua. Sonríe para sus adentros.
La ducha también está helada. Vaya mañanita. Se seca deprisa, se pone el bañador y un vestido encima. Llena la bolsa con toallas, cremas, el libro, y baja a desayunar al comedor del hotel.
Puede sentarse en su mesa favorita, en el rincón del ventanal. La orquesta no toca durante los desayunos, y un silencio plácido y brumoso inunda el comedor. El verde de los inmensos pinos. La mancha roja de las hamacas en la pradera a través de los ventanales.
Suena su móvil. Es Javier, atropellado.
Berta, eres la única que falta. Estamos todos en el lago.
Inmersa en el paisaje y el silencio, ya no tiene ninguna prisa. Unta una tostada y da un sorbo al café, sujetando el móvil entre la oreja y el hombro.
Si tenemos toda la mañana por delante…
Javier se mosquea
Como hay gente nueva… Hasta luego, ya vendrás.

Berta llega tarde al lago. Dividida entre permanecer borrascosa como la mañana o dejarse llevar por el rayo de sol entrevisto por la ventana del hotel. Su hamaca está ocupada. Vaya. Quién será esa gente; y Javier riéndole las gracias a esa rubia.
Berta, estas amigas son las francesas del intercambio de los GR. Estarán todo el mes. Virginie, Charlotte, esta es Berta…
Ah, francesas. Aclarada la excitación de los chicos embobados a su alrededor. Vaya vacaciones se avecinan. Pues tranquilidad. A pesar de los nubarrones y la fría brisa, se quita el vestido, extiende la toalla, se tumba sobre ella y abre el libro muy digna. Los demás, entusiasmados, practican idiomas, francés los de la pandilla y español las recién llegadas.
Sabéis nadag bien, vosotgos…
Es la tal Charlotte, la del bañador negro.
¿Hacemos una cagguegga? Hasta el gabaggon, a veg quien se atgeve
Berta cierra el libro de golpe.
Yo. Yo me atrevo. Venga.
Javier se le acerca, conciliador
Berta, déjalo, es una tontería, lo dice por decir.
Déjame en paz.
Berta, no hace buen día, el agua está helada, acabas de desayunar.
Lo que faltaba.
Oye, que con un padre me sobra. Venga, Charlotte. A la de tres.

En la orilla del lago se forma un grupo de curiosos. Unos comentan que es mal día para lanzarse al agua, que el gabarrón está muy lejos; otros, que no pasa nada, que los habituales ya saben.
Y las dos chicas se zambullen en el lago.

Nada más sumergirse, Berta siente que algo no va bien. Se le agarrota el estómago y comienza a marearse. Consigue dar unas brazadas, pero el agua helada pesa de una forma desconocida. Logra sacar la cabeza un momento. Ve que la francesa nada ya lejos, pero no le importa. Una fuerza irresistible tira de ella hacia el fondo, y no se puede mover.

Desde la orilla, la panda se revoluciona:
Ya está Berta haciendo el payaso.
Parece que va de coña, pero como le gane la francesa, a ver quién la aguanta luego.

Me estoy ahogando. Eso es lo que pasa, que me estoy ahogando. Y nadie se está dando cuenta. Tiene miedo a la sensación de ahogo. Con la razón ya nublada, decide no tragar agua y se tapa la boca y la nariz con las manos. Debe de ser en ese momento cuando empieza a perder la consciencia.

De súbito, paz, quietud, inmenso silencio a su alrededor. Fuera y dentro de ella. Su corta vida comienza a deslizarse en su mente como una película, y la contempla con serenidad: me muero. Cuando finaliza en el momento presente, un túnel de luz blanca y quieta se abre ante Berta. Todo su ser la empuja allí dentro. Aquí ya he terminado, todos me esperan allí. Se impulsa con la cabeza y comienza a ascender por el túnel. Al fondo intuye una luz más intensa, como llena de música sin música. Y una mano, amigable y tendida hacia ella.

En la orilla se ha desencadenado un gran revuelo. Charlotte, sobre el gabarrón, da brincos de alborozo y de frío. Pero nadie le hace caso; entre los espectadores cunde la inquietud
Berta no sale, no la veo.
A lo mejor no hacía el tonto y le pasa algo.
No digas esas cosas, hombre.
Caídos del cielo llegan los mayores. Se tiran al agua los hermanos de Javier, muy deportistas. Están sumergiéndose largo rato, pero no dan con ella. Casi exhaustos y ateridos, los relevan el guarda y dos camareros del Hotel. Pero tampoco encuentran a Berta. Al día siguiente llegan de la ciudad buzos y equipos de pontoneros. Durante tres días intentan dragar el lago. Todo el mundo colabora, desesperado: es imposible que no la encontremos, esto es un lago, no es el mar.

Nadie cae en la cuenta de que todas las mañanas a la misma hora, aunque esté nublado, aunque llueva, un rayo de sol fulgurante baja desde las montañas hasta el lago. Deshaciéndose en millones de partículas de luz siempre en el mismo punto, entre el gabarrón y la orilla de las hamacas.


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