sábado, 20 de abril de 2013

COMPRA COMPULSIVA


1.
Es una luminosa tarde de verano. No se ha levantado el dichoso viento, el verde es verde, las flores espléndidas, las hojas de los árboles susurran lo justo. Lucía, que parece el prototipo de mujer-acomodada-de-mediana-edad, pasea lentamente por la plaza. Descubre un velador vacío y se sienta. Llevo tres euros, un café con hielo... Aquí estoy, como si fuera rica, pero sin un duro y endeudada hasta que me muera.
Comienza a atardecer, el sol desciende inundando la plaza de ocre y rojizo. Lucía apura el café y se levanta, no puede hacerse de noche. Estoy llena de miedos. Yo, que aparentemente no le temo a nada. Queda un largo trayecto hasta su casa y ya no tiene ni para el autobús. Comienza a caminar con paso más cansado, su espalda se encorva de forma imperceptible.
Media hora más tarde, se sienta de nuevo en uno de los bancos geométricos de la Gran Vía. Total, en casa no me espera nadie. Intenta distraerse mirando la gente que pasa en una y otra dirección. Antes eso le proporcionaba sugerencias para algún relato. Pero hoy solo tiene problemas económicos en la cabeza. Estoy en esta situación por mis caprichos, por mi mala cabeza. Aquél tiempo en que escondía las compras debajo de la cama, para que no las viera mi marido, ni siquiera los niños. Con todo ese dinero derrochado, ahora no tengo nada más que deudas y créditos. Todo por la compra compulsiva.

2.
En el banco de al lado, de un solo asiento, se acomoda una señora murmurando “con permiso”, lo que sorprende un poco a Lucía, que la mira de reojo. Es una mujer ancha de edad indeterminada, con melena teñida de naranja, y un curioso vestido violeta, más propio de una boda de barrio. Una mujer peculiar. Lucía enciende un cigarrillo para desentenderse de ella, y retoma su obsesión. Si por lo menos consiguiera hacer desaparecer las deudas. Así no tendría que enterarse nadie. Y me moriría tranquila, sin dejar problemas a mis hijos.
Y lo puedes hacer, seguro –desgrana a media voz la pelirroja. Lucía piensa que ha oído mal. Estupefacta se aparta un poco. La mujer le sonríe y alarga una mano grande y morena:
Tranquila, no te asustes. Oigo tus pensamientos porque soy una bruja. Y también puedo hacer cumplir tus deseos, claro.
Lucía quiere desaparecer, pero se siente de plástico duro, como si fuera una prolongación del banco. Intenta decir algo, pero su voz no responde. La pelirroja sigue taladrándola con ojos oscuros:
Es que hoy me queda un trabajo por hacer, sabes, y me has venido de perlas. Mañana por la noche tengo que morir para reencarnarme de nuevo, como vengo haciendo milenios y milenios. Y si no termino los trabajos, no me reencarnaré, con lo que me gusta.
Se rasca un tobillo mientras continúa hablando. –Por eso te digo lo de quitarte las deudas. Está chupado. Si cumples las condiciones, claro –y mira a Lucía aún más fijamente.
A estas alturas Lucía se debate entre el terror y la curiosidad. No quiere decir nada, pero escucha su propia voz susurrando: –¿Qué condiciones?
La mujer la tranquiliza: –No temas, no hablo de condenación eterna, ni cosas de esas. Es más, te voy a entregar ahora mismo la suma que debes en un cheque al portador para que lo puedas cobrar mañana por la mañana. –Introduce su mano izquierda en una abertura de su vestido –Escucha atentamente la condición: antes de cobrarlo y saldar tus deudas, lo primero es contarles toda la verdad a tus hijos y a la demás gente que veas necesario para tu tranquilidad. Promételo –Lucía, aliviada de algún modo, musita un “prometo” apenas audible.
La pelirroja ríe y se levanta del banco, roza la mano de la inmóvil Lucía y deja en ella un papel.
No hace falta que hables de mí, mujer. Con que cuentes la verdad de tu problema, vale. Yo sabré si has cumplido con tu parte del trato.
Y se pierde por una bocacalle, ya con la noche cerrada.

3.
Lucía se queda inmóvil con el cheque en la mano. No se atreve a mirarlo. Está segura de que es una broma. Pero, ¿por qué? ¿Y si es una oportunidad, por alucinante que parezca? Lo sujeta con las dos manos y lo estudia con atención. Parece auténtico, del XBank, por la cantidad correcta, -tan dolorosamente conocida-, con número de cuenta, fecha de hoy y firma ilegible. No quiere pensar más y lo guarda en el bolso
Se levanta y empieza a caminar, ahora rápido. Quisiera estar en casa ya, dormir y que llegue pronto mañana. Llamaré ahora a los chicos, para quedar a primera hora y contarles todo.. No vayan a tener otros planes. Aunque si cobrara primero el cheque, por lo que pueda pasar. ¿Qué más dará si se saben mis miserias antes o después? Será mejor, y más cómodo, contarlas con todo ya solucionado, como algo que ya es agua pasada. Al llegar a casa, está sonando el teléfono. Es uno de sus hijos, como si la hubiera oído. Hoy todo el mundo me adivina el pensamiento. Quedan para comer, invita ella, le dice que se lo comunique a sus hermanos, que está muy cansada y se va a la cama. Besos, hasta mañana, corazón. Traga una pastilla confiando en que acorte la noche aún más que de costumbre.
Se despierta con la sensación de que algo desconocido flota a su alrededor. Habrá sido un sueño, o una idea equivocada y confusa de las que me asaltan últimamente. Pero el cheque está en la mesilla, donde lo dejó anoche para que fuese lo primero que viera al despertar. Salta de la cama olvidando el habitual dolor de huesos matutino. Con calma guarda de nuevo el cheque en su cartera, antes de entrar en la ducha. Enchufa la radio, desecha informativos y selecciona música. De la que se pueda cantar. Ahora que nadie me oye, qué felicidad cantar en la ducha a voz en cuello. A mediodía seré una mujer sin deudas. Y me llegará el sueldo a fin de mes. Incluso podré darles un capricho a los chicos. Va gritando al compás de “Mil campanas suenan en mi corazón”. De pronto recuerda que Alaska, hace años, llevaba el pelo del mismo color que la mujer de ayer tarde en la Gran Vía. La mujer que le dio el cheque.
Sale de la ducha con el eterno cuidado para no caerse. Se envuelve en el albornoz verde, se calza las zapatillas y se abalanza sobre el monedero que ha dejado encima de la cama. Uff, ahí está el cheque. No te pongas nerviosa. Sí, lo mejor es ingresarlo cuanto antes. Por la tarde organizaré una estrategia de pagos, y ya mañana...
Piensa en qué estupendo hubiera sido que la cifra escrita fuera un poco mayor y, además de para sus deudas, alcanzara, por ejemplo, para un viajecito corto, sólo a Madrid, tampoco hay que pasarse. O aquél bolso beige. Se va animando. Puede que sí me llegue para todo, porque uno de los pagos es el mes que viene, luego me aprieto el cinturón y no gasto nada...
Apaga la radio tarareando, coge las llaves y sale a la calle más airosa que nunca. Sacaré unos euros y desayunaré chocolate con nata y churros. Un día es un día.

4.
La puerta del banco no chirría, por fin la han engrasado. Además, no hay gente, algo extraño a esas horas. Mientras Lucía se acerca a la ventanilla, observa que la cajera la mira con curiosidad. No es Pili, será una nueva, pero algo en ella me suena. Ya en el mostrador, la pelirroja cajera sonríe con aire apenado y ojos oscuros. En ese momento, Lucía la identifica. Quiere dar media vuelta, pero la invade la misma inmovilidad que ayer noche en el banco de la Gran Vía. Como una autómata, saca el cheque y se lo alarga a la cajera escuchando su propio murmullo:
Ingresar...
La pelirroja hace desaparecer el cheque en su mano grande y morena:
¿No aprendiste a estas alturas que las promesas a una bruja se cumplen a rajatabla?
Y al instante se transmuta en Pili, la cajera de siempre
Buenos días. No ha llegado su paga. Sacar ya sabe que no puede. Por cierto, ese recibo de ayer...

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