domingo, 29 de diciembre de 2013

EL SONIDO QUE NO SE VE



Siempre he sido distraída y olvidadiza, pero además ahora me estoy quedando sorda.
Bueno, la médico dice “pérdida auditiva severa”, aunque no tengo nada en el oído: que si genética, que si la edad...
Y la verdad es que me está afectando más de lo que yo pensaba.
Es incómodo. Pero sobre todo, te aísla, te separa de los demás. No sólo porque no los oiga; si les hago repetir lo que han dicho, bastantes de ellos se molestan. Como si lo hiciera a idea.
Y comienzas a huir de los espacios ruidosos, con mucha gente, con música... Con lo que me han gustado siempre. Porque en un ambiente silencioso, hablando con una persona, como mucho dos, oigo casi perfecto. Pero el mundo social de ahora no está hecho para conversaciones en la intimidad. Creo que por eso me paso la vida en facebook y similares: puedes hablar sin que sea necesario oír. ¿Será la sordera uno de los motivos por los que algunos pasamos horas ante la pantalla del ordenador?
Me estoy acostumbrando a observar atenta los labios, el modo de vocalizar, la pronunciación, de mi gente, y voy aprendiendo a adivinar lo que dicen. Con muchísimo esfuerzo.
A veces, en reuniones más grandes, si no logro captar la conversación general, sonrío y simplemente me abstraigo. Ahora comprendo mejor la inefable sonrisa y mirada lejana de mi padre, de mi tío M, de mi hermana E, en algunos momentos de las reuniones familiares.
Pero odio sentirme desconectada y lejana. Lo llevo mal, aunque solo sea porque siempre me ha gustado ser “el perejil de todas las salsas”, que no es sólo por eso, por supuesto. Sobre todo, quiero oír a mi nieto, no quiero perderme una sola de sus palabras, sin hacérsela repetir.
Tendré que comenzar a considerar la opción del audífono, instrumento que toda la vida he odiado; cómo luchaba mi padre con él. Todos me dicen que ahora son estupendos, pequeñísimos, que borran los ruidos ambientales, que se pueden pagar a plazos...
Los sonidos que no se ven, como me salió del alma el otro día, hablando con Laura de mi sordera. Me encanta la frase: el ruido que no se ve.
Es exactamente eso: lo primero que se pierde es la voz del que habla a tus espaldas, o de espaldas a ti, la voz del que te habla lejos, o desde la habitación de al lado. Costumbre, por cierto, muy arraigada en este país, nunca me había dado cuenta.
No quiero aislarme. Se que si lo hago, envejeceré más rápido, lo he visto a mi alrededor. Y a estas alturas no es el problema envejecer, sino hacerlo sola. Le he prometido a mi nieto que voy a durar veinte años más (“hasta que yo tenga treinta años por lo menos, abuela”). Y quiero hacerlo atenta, viva, expectante.

Como hasta ahora. 

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