jueves, 31 de octubre de 2013

CUANDO HABLAN LOS MAYORES



Nana escucha muy atenta la conversación, pero la olvida al instante. Su mente ignora esas palabras, no permite que se graben en su interior. No se da cuenta de lo que significan: la palabra agresión no la ha oído nunca, la palabra violación tampoco. Y el tono de las voces es rarísimo, como de secreto.
Inmóvil tras la puerta entreabierta, se le ha dormido un pie. Lo agita con cuidado y vuelve de puntillas al cuarto de jugar. Escuchar a los mayores a escondidas ha resultado mucho más aburrido de lo que comentaban en el colegio. Por lo menos, escuchar a su padre con esos señores tan serios. A lo mejor debería intentarlo la próxima vez con las tías, cuando vengan a ver a mamá.
Porque mamá, algunas tardes, se levanta y sale al salón a recibir visitas. A veces hasta se viste y se pinta un poco, sobre todo cuando vienen sus amigas con los maridos. Otras veces, con las tías o alguien de la familia, sólo se pone una bata sobre el camisón, y la toquilla bonita por los hombros. Desde la puerta de su habitación, Nana observa ennegrecerse esas marcas nuevas bajo los ojos de su madre.
Si mamá se despierta animada, Nana puede desayunar con ella en su cama. Con galletas, zumo y mermelada. Esos días mamá le sonríe a pesar de las ojeras y hasta le pregunta cosas. Del colegio, o de los pequeños. Nana disfruta, las dos solas charlando como antes. Ya ha aprendido que no puede preguntarle cuándo va a ponerse buena, porque entonces mamá cierra los ojos y murmura me duele la cabeza.
A su padre sí que se lo puede preguntar, pero él hunde su rostro entre el pelo de Nana y sólo dice: pronto, hija, paciencia. Y los días van pasando. Menos mal que papá, en todo lo demás, la ayuda mucho. Por ejemplo con los deberes del colegio y con todas las preguntas que no sean sobre mamá (y eso que Nana siempre tiene cientos de preguntas). Papá es muy paciente, sólo se pone nervioso cuando los pequeños alborotan o riñen, viene el ama y se los lleva.
Nana nunca se había planteado lo de escuchar a los mayores a escondidas, porque hasta ahora siempre la permitían estar con ellos. Y los mayores nunca hablaban de nada interesante, casi todo lo sabía ella de antemano. Entonces, solía repartir besos, que era lo que a mamá le gustaba, y se iba a jugar, o a ver los dibujos si tenía permiso.
Todo cambió aquél día en que mamá se cayó en la calle y el portero con dos guardias la habían subido a casa, tan asustada y con la ropa rota y desordenada. La primera novedad fue que apareció el ama para cuidar a los pequeños, así están ellos de raros. Y además venía mucha gente a casa por las tardes, no sólo las tías; a veces Nana no lograba ver a papá hasta la hora de dormir, en el beso de buenas noches. Y con las visitas comenzó a cerrarse la puerta del salón, y Nana ya no podía entrar.
Los visitantes más raros son esos dos señores tan serios, por eso hoy ha decidido probar lo de escuchar a escondidas cuando, al llegar del colegio, los ve sentados en el despacho de papá, a través de la puerta entornada. Va a ser bastante fácil, porque el despacho está en el recibidor, en penumbra, al fondo del pasillo, y seguro que, después de que coja la merienda, nadie de la casa la imagina ahí detrás.
Pero como no entiende nada de lo que dicen, ha vuelto al cuarto de jugar sin que se haya notado su ausencia. El ama levanta los ojos: ¿Ya has hecho los deberes? Nana, afirmando con la cabeza, se sienta a jugar con los pequeños, por una vez. Mañana en el colegio tratará de averiguar qué es eso tan interesante que sus compañeras escuchan a los mayores. Aunque ella, por su parte, no pueda contar nada de la conversación espiada, porque ha olvidado de golpe todas las palabras. Solo recuerda las voces, y la verdad es que preferiría olvidarlas también, sobre todo la de su padre, tan distinta a la suya de siempre.