sábado, 5 de diciembre de 2015

COMPLICACIONES




Estoy pasando días apacibles en la costa atlántica francesa. Pero a veces intuyo que cuando regrese a casa encontraré complicaciones. Y eso que no me ha llamado nadie. Como pregoné que me iba a Francia, deben temer el posible coste de las llamadas. O a lo mejor es que no se ha descubierto aún. O que él no ha metido la pata contando lo que le dí.
Seguro que nadie sabe que tengo ese dinero. Soy muy buena en mi papel de mujer-en-la-ruina. Y, quizás por eso, en mi edificio sólo me trato con la señora de abajo, que es encantadora, buena y caritativa (o eso cree ella). Siempre charlamos en el ascensor y nos invitamos a nuestras respectivas casas, sin cruzar nunca los umbrales.

La noche anterior a viajar a Francia, pulsé su timbre para dejarle mis llaves, por si pasa algo mientras estoy fuera, como solemos hacer. Ella insist en que pasara, y yo, no sé por qué, accedí. En su piso, todo caro y de buen gusto. Me la estaba enseñando parlanchina, como es ella, cuando al salir de la cocina hacia el office se detuvo de pronto, se agarró la garganta, abr mucho los ojos y se desplomó. Todo en medio minuto. Y al caer se golpeó contra la esquina de mármol de la encimera. Pero no había sangre ninguna
Yo, estupefacta, me incliné sobre ella, agarré sus manos, silabeé su nombre. Sus ojos continuaban abiertos, pero no miraba. Le tomé el pulso, palpé los dos lados de su garganta. Nada. Pero tendida en el suelo, entre la cocina y el office, mi vecina de abajo tenía un aspecto la mar de tranquilo.
Ya son casi las once y tengo que madrugar para llegar al tren de Irún -pensé-. Si la dejo acostada, creo que cuando despierte no se asustará mucho. A ver si puedo con ella, aunque sea bajita y menuda y el dormitorio esté cerca.
Ni se enteró de que le quité su bata de verano y la acosté. La arropé un poco, a pesar del calor. Me incorporé y di media vuelta para volar a mi casa. Mis llaves, que acababa de entregarle a la pobre, relucían sobre el tocador. Desaparecieron en mi bolsillo. Un dedo se me atascó en un cajón entreabierto. No debí hacerlo, pero lo abrí. Y allí, en una esquina del fondo, vi los montonazos de billetes. Solo cogí dos, o tres, casi no se notaba. Los metí como pude en el bolsillo interior del chándal y subí la cremallera. Miré hacia mi vecina: no se había movido.
Cerré con cuidado el dormitorio y caminé de puntillas hasta la puerta de entrada; antes de abrirla apagué todas las luces y, por una rendija, comprobé que el descansillo estaba desierto. Recordé con alivio que ella me había dicho (me lo contaba todo) que los de enfrente estarían de vacaciones todo el mes. Subí sigilosa hasta mi piso.
La música a tope y él, cómo no, tumbado en el sofá. Me clavó los ojos: “¿Donde estabas?”. “Dando una vuelta”, musité sin detenerme hacia mi habitación, donde me encerré para que el dichoso corazón dejase de galopar. Y para esconder el dinero. Al cabo de un momento, tres golpecitos en mi puerta “Oye, ¿puedo entrar?”, “mmm... sí, claro” mascullé mientras abría el ordenador y adoptaba la postura más habitual posible. Entró con cara de bueno: “Bufff, vaya calor que hace… Oye, ¿tienes pasta?”. Lo miré a los ojos: “¿Cuál es el problema?”. Se sentó sobre mi cama y me devolvió la mirada: “No me ha llegado lo del curro y me vence el alquiler. Pero si no tienes no pasa nada”. Sonreí: “No te preocupes. Ahora quiero dormir porque mi tren sale a las 9, pero mañana antes de irme, te lo dejaré en la mesa del salón”. Observé con cierta ternura su cara de alivio: “Buff, mil gracias guapa. Disfruta en las Landas”.

Pues sí, estoy disfrutando. Mucho. Y consiguiendo no acordarme de mi vecina de abajo. Pobrecica. No quiero pensar que estaba muerta, pero cada vez lo veo más posible. Sobre todo ante la ausencia de noticias.
Además estoy segura de que, con el edificio medio vacío en el verano, nadie me vio entrar en su piso a las diez de la noche, cuando sus hijos ya se han ido y se queda sola viendo la tele.
Y él, con la emoción del dinero que le dejé sobre la mesa, seguro que no ha vuelto a aparecer por casa. Además, nunca se extraña de que yo tenga dinero de repente.

sábado, 7 de noviembre de 2015

ABUELA FANTASMA

Este fin de semana mi nieto mayor celebra su primera fiesta en casa. Algo así como una fiesta de pijamas. Mi primer pensamiento cuando me pidió permiso (que ya tenía de su madre) fue "vale, yo me voy a cualquier sitio y que campen a sus anchas".

Y al pensar dónde me iba, la primera idea fue la casa de mi padre, que se mostró encantado. También irrumpió mi hermana E.: "vente conmigo, anda, que de paso nos tomamos unas copas".
De pronto desaparecen los dos de mi cabeza y recuerdo que están muertos hace algunos años.

Tengo que pensar otras opciones: las amigas, claro, por supuesto. Repasemos: ML está de viaje. Con M hace mucho que no hablo, y A está con los problemas de una muerte en la familia.
Además, ya es sábado, es decir, los pijamas comienzan esta tarde, y no se me ha ocurrido comentarlo antes con ellas. Aunque son mis amigas de confianza, no me gusta invadir la vida de nadie sin anunciarme.

Lo que podría hacer seguro es largarme a Madrid a casa de mi hermana T. Pero este mes está en rojo.
No se puede gastar nada. Tampoco para ir a Teruel con mis hermanos J y P.

En fin, me temo que tendré que quedarme encerrada en mi habitación, sigilosa, procurando "no estar en casa".
Habrá que tomarlo como una nueva experiencia.

miércoles, 21 de octubre de 2015

¿ADIÓS?...


Hoy me he despedido de Facebook con esta carta. (Y, ojo, me he comprometido a escribir aquí más).

Queridos amigos de Facebook:
Me voy, cierro esta cuenta. Ha sido una experiencia positiva y gratificante, pero en este momento de mi vida, que definiría como de búsqueda, de mi yo y de mi libertad (nada menos ;-)), la verdad es que Fb me agobia un poco. Quiero cortar esta dependencia, porque me paso el día conectada, casi no hago otra cosa. Y tengo tantas cosas que hacer fuera de facebook... Caminar, leer, escribir, vivir. Y el tiempo que me queda me empuja.
A todos os estoy muy agradecida, por tantísimo que me habéis aportado:
Los poetas me habéis acercado a un estilo de vida (la poesía), que creí no comprender nunca, bajo la tonta excusa de "yo soy prosista". (Ana, Mar, Fernando, Ángel, Amelia...todos). Y gracias a vosotros ahora leo poesía.
Los escritores (Eloy, Pedro(s), Sergi, Mario, Sergio, Ángel, Alena, Patricia, Jorge,...) habéis reavivado la llamita de mi deseo de escribir. Trataré de que no se apague nunca.
Los fotógrafos, todos, me habéis hecho disfrutar con vuestras fotos, que es otra de mis vocaciones semiolvidadas.
¿Qué decir de mis maestros de escritura (Julio, Patricia, Jorge, Eloy, Escuela de Escritores...? Que cambiasteis mi vida.
Los que tenéis mis ideas (laicismo, república, enseñanza pública y gratuita, "izquierda"...) me habéis dado información valiosa y ayudado a reafirmarme en ellas.
Deseo prometer a mis amigos de Zaragoza que, en lugar de simplemente poneos "me gusta" y algún tonto comentario, en lugar de anotar "asistiré" a vuestros actos y luego no aparecer, de ahora en adelante seré un presencia entusiasta en los que pueda.
No puedo nombrar a todos, porque mi cabeza de 70 ya no es lo que fue, pero todos estáis en mi corazón, y cabéis.
Confío en saber encontráos por la red a todos. Yo por mi parte mantengo el blog de relatos, me resisto a cerrarlo, tengo que utilizarlo más.
No sé si esto es un adiós. La vida es ancha y ajena. Simplemente, gracias.